Quien se tomara la grata fatiga de leer las páginas escritas de Massera, sin haberlo conocido, pensaría naturalmente en una especie de atleta físico, grande y poderoso, de razonamiento lento y discursivo, sin inútiles agudezas, llamando certera y vigorosamente a las cosas; y dando pensadamente los materiales de la dialéctica, los documentos y las opiniones, como un cíclope afanoso que no pudiera alzarse sobre el nivel normal, sino buscando sus basamentos, tal como expresa el gran escritor Eduardo J. Couture.
En la existencia del Abogado con inquietudes vividas en los tribunales penales, civiles y comerciales, el abogado fuere hombre o mujer tiene esas vivencias que acentúan su ejercicio profesional en la Tribuna Judicial que enseña el paso por la justicia en las más valiosas enseñanzas del Derecho, independientemente de lo que fueren las litis en las materia penal, civil y comercial o internacional del juicio legal en sus prácticas más significativas del Derecho, que inspira su existencia siempre abierta en los tribunales, cuyos hombres y mujeres siguen los pasos del abogado que con su toga bien puesta, poco a poco expresa su pensamiento jurídico ante los jueces que ventilan los juicios frente a un público que también presencia normalmente las audiencias, recibiendo en silencio las decisiones y observaciones de los abogados que en sus respectivas tribunas, alientan los hombres y mujeres que en su función de jueces siguen los pasos judiciales de las audiencias públicas, de aquellos abogados que prestigian la toga universitaria y judicial.
Esa lucha del Derecho en los tribunales es una vivencia muy significativa y hasta cautivadora cuando el abogado aún en plena juventud mantiene su fuerza que vitaliza toda su mente y pensamiento, que van llevando sus venas de una existencia que cada vez más siente la vida de la justicia y del Derecho.
Es muy interesante observar estas vivencias del ejercicio de la abogacía, con la perspectiva de la vejez que llega pisando la toga que transmite esos años que con el tiempo van pasando y la toga siempre viva en el pensamiento y corazón del tiempo y del espacio: ¡Alabado sea Dios!
La fenomelogía nos ha enseñado, magistralmente. Contiene en su obra ya citada, el siguiente párrafo: La consideración más importante que podemos formular es que, por afortunada coincidencia, los grandes escritores no han sido abogados. De haberlo sido, muchas páginas inmortales se habrían perdido para siempre. Los grandes procesos de la literatura habrían sucumbido ante las tachas irreparables de nulidad de que adolecen.
El juicio de Orestes es Las Euménides, aún siendo un modelo de sabiduría procesal, fracasa en su último instante. La decisión de Porcia en El mercader de Venencia es irreparablemente nula, pues el falso juez carece del más elemental de sus atributos, esto es, la jurisdicción. Y es nulo el fallo de Pedro Crespo en El Alcalde de Zalamea de Calderón. Los fallos de Sancho en la ínsula Barataria y aún los consejo de Don Quijote a su escudero, son notables en cuanto al fondo, pero el rito procesal ha sido totalmente omitido. Es nulo el fallo que condenó al pobre Mister Pickwik, en la novela de Dickens, e irritante injusto; y el de Crainquebille, de Anatole France, sustentado íntegramente sobre un equívoco de palabras; es virtualmente írrito el proceso de José K, el atormentado personaje de Franz Kafka; y el juego de presunciones de We are not alone de James Milton, que no son ni graves, ni precisas ni concluyentes.
Cierto escritor no carente de ingenio pudo enumerar hasta quince vicios de nulidad, de acuerdo con la ley mosaica en el proceso de Jesús. Sería de aconsejar que no se hiciera otro tanto en los procesos creados por los grandes genios de las bellas letras. Si así se hiciera, la humanidad habría perdido muchas de sus mejores páginas, y no pocas provechosas enseñanzas sobre la justicia, logradas a expensas de la ignorancia del derecho procesal.

