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Del Bronx a la Corte Suprema, Sonia Sotomayor como «alcanzada por un rayo»

Del Bronx a la Corte Suprema, Sonia Sotomayor como «alcanzada por un rayo»

WASHINGTON, 07 Jun 2013 (AFP) – De la pobreza de una familia puertorriqueña a los corredores de mármol de la Corte Suprema de Estados Unidos, Sonia Sotomayor se siente como «alcanzada por un rayo» desde que fue nominada por Barack Obama al máximo tribunal del país, la primera hispana en el exclusivo club.

Desde su amplia oficina, a donde llegó en 2009 como uno de los nueve máximos magistrados del país, reconoce que nunca fue «ni siquiera un sueño» llegar a ese cargo vitalicio.

En entrevista con la AFP, Sotomayor explica que la consecución de su ‘american dream’ es obra del optimismo, pero un optimismo «informado» y «realista», y de los aprendizajes de una vida de tempranas adversidades.

«La adversidad puede tumbar a la gente, y lo hace; para otros nos ayuda a levantarnos y recoger fuerzas y una mayor determinación, no sólo para sobreponerse de la adversidad sino para convertirla en algo útil», dice.

Nacida en 1954 de padres puertorriqueños en el Bronx, uno de los barrios más humildes de Nueva York, desde pequeña supo aislarse de las calles inundadas de drogadictos y pandilleros de su vecindario.

Frente a una madre que trabajaba y un padre alcohólico, ella misma aprendió a inyectarse las dosis de insulina necesarias para controlar una diabetes que le descubrieron a los siete años.

A los nueve, al morir su padre, debía ser fuerte por su madre y no llorar. Tiempo después perdió a su «inseparable» primo Nelson, un heroinómano que falleció de sida antes de los treinta años.

Esas pruebas las narra en su emotiva autobiografía «Mi querido mundo» (publicada también en inglés como «My beloved world»), con el que busca mostrar a los lectores cómo esos difíciles orígenes no cortaron su camino, y que los problemas pueden ser «una oportunidad de hacer algo diferente».

Pero «no lo hice sola, nadie lo hace solo. Algunos me enseñaron cosas muy buenas como mami, abuelita y otros en mi vida», dice conmovida desde su silla frente a un retrato de ella y su madre que reposa sobre un mueble.

«Pero tenía gente que con su dolor aprendí yo otras cosas muy importantes, ayuda de otro tipo, (como) mi primo Nelson», agrega.

Y afirma: «somos todos productos de nuestros padres, el entorno en el que crecemos, estamos fortalecidos y limitados por nuestra experiencia».

«Super abogada»

La aspiración de la joven Sonia era ser juez porque era como ser una «super abogada», una referencia que en su hogar solo tenía en el ficticio «Perry Mason» de la televisión.

Pero llegar a la Corte Suprema de Justicia no era «ni siquiera un sueño», reconoce.

«Ser un magistrado, eso era una fantasía, ni siquiera un sueño porque es tan raro, es como ser alcanzada por un rayo, eso es lo que dicen sobre ser un juez de la Corte Suprema, así que no podía fantasear sobre eso», dice.

Obtuvo diplomas en las prestigiosas universidades de Princeton y Yale, antes de iniciar una carrera primero como fiscal y luego socia de una firma de abogados en Nueva York, hasta que dio el salto al estrado en 1991 como jueza de un distrito neoyorkino, antes de los cuarenta años.

«Para mí la abogacía es maravillosa dadas mis habilidades, me gusta leer, analizar, me gusta el poder de convencer a las personas. Ser un juez era la cumbre de ese servicio (…) Un juez tiene la libertad de hacer lo correcto dentro de la ley, y no en representación de una de las partes», subraya.

Pero también le permitió ver de cerca «crímenes inimaginables» como los abusos físicos y sexuales contra niños por sus propios padres.

En sus viajes siempre trata de pasar tiempo con niños, aunque decidió no tener propios, en una «decisión consciente» para dedicarse a su carrera, dice Sotomayor, que se divorció a los 29 años, tras siete de matrimonio.

«Perfecto spanglish»

A punto de cumplir 59 años, esta mujer latina, con su negro cabello rizado, recuerda que en ocasiones sintió el trato discriminatorio de sus colegas.

«Una cosa tan pequeña de estar en un cuarto como abogada y que otro abogado diga ‘¿me busca café?’, y que todavía pasa», dice, lamentando que hay pocas mujeres en altos cargos.

«El poder de una posición de ser juez de la Corte Suprema es tan grande que hay pocos que me piden café hoy», remata enseguida con candidez, mostrando un reconocido sentido del humor.

«Me río y me divierto con eso, si te lo tomas muy a pecho, te vuelves un poco arrogante, creo, pero (…) aún así es la forma como las mujeres son percibidas, no hay que olvidar eso», agrega en esta entrevista realizada en inglés y español.

Al respecto, dice que «le cuesta» el idioma de sus padres, aunque conversa a menudo en español con familiares y visitantes, y viaja a Puerto Rico casi anualmente, además de giras recientes a El Salvador, Argentina y Uruguay.

Eso sí, con su madre habla un «perfecto spanglish (mezcla de español e inglés)», dice con orgullo la jueza, que se mudó a la popular pero colorida zona de la Calle U y se deja ver en la escena nocturna de la capital estadounidense.

Su pérdida de privacidad la maneja «con mucha dificultad», admite, aunque cree que es un precio muy pequeño a pagar por las ventajas que le da su rol público.

«Mucha gente me ha dicho que pensaba que la Corte Suprema era una entidad en las nubes, muy arriba. (…) Si puedo hacer que vean el lado humano, entender mejor su función, entonces pienso que eso sería un importante legado», concluye.

El Nacional

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