Con la caída de Trujillo, el 14 de Junio y otras fuerzas emergentes nos legaron una camada de hombres y mujeres insignes, enfants de la patrie forjados en las postrimerías de la dictadura.
Seríamos injustos e imprecisos si atribuyéramos la exclusividad de su procedencia y comportamiento al sentimiento antitrujillista vigente, a decir verdad, sólo entre algunas minorías.
Fuerzas conservadoras cercanas al tirano aportaron, también, hombres como Caamaño y Fernández Domínguez, Manolo Tavárez y, posteriormente, Amín Abel, representaron a una izquierda, cercenada en cierta forma durante los primeros doce años de Balaguer.
Consagrados en abril de 1965, se fueron inmolando, segregando y, acaso, desencantando, durante los treinta años posteriores.
Dieron paso, sin proponérselo desde luego, a una casta de dirigentes que ha encontrado en aquellas luchas contra Balaguer y el imperialismo yanqui apenas un motivo nostálgico. O un recurso de distracción, como argumento para diletantes e intelectuales. Títulos de libros en los recrean una época fantástica y bizarra. Vil manera de glorificar, en medio del boato, el dispendio y la francachela, los sacrificios y carencias de hombres que supieron luchar con celo y amor a la patria.
Es penoso el sentido utilitario y oportunista dado a un tema tan solemne.
Refleja la falta de escrúpulos y sentido de la historia de una camada política, devenida en una suerte de enfants de lentreprise, mercaderes más empeñados en sumar y multiplicar que en emular el ejemplo de aquellos próceres, cuyas luchas e ideales dieron fundamento a su proyecto de poder. Dividir les ha reportado ventajas, por lo menos en términos políticos.
