Visitamos la familia de Dionelis. Murió con 20 años y 20 semanas de embarazo. Había pasado nueve días en Cuidados Intensivos, en el Hospital Dr. Ricardo Limardo de P. Plata, y grave fue trasladada al Hospital Dr. Presidente Estrella Ureña de Santiago, donde murió al día siguiente por «sepsia abdominal».
Como Esperancita, Dionelis se embarazó en una país donde no se puede cuando se tiene una enfermedad incompatible con el embarazo. Tampoco si se embarazó obligada y con violencia a tener relaciones sexuales, aunque su violador sea extraño, cercano o familia. Y mucho menos si es un embarazo cuyo producto será inviable al nacer, una situación que en un alto porcentaje, pone en riesgo a la mujer que lo cursa.
La familia de Dionelis sabía que ella era falcémica desde que tenía 9 meses, y desde entonces fue tratada por la misma hematóloga, que la cuidaba y siempre le dijo que no se podía embarazar, solo que no le contó como tenía que impedirlo.
Y Dionelis tenía un novio vecino, jovencito como ella. Pero como vivimos en un país donde no hay educación afectivo sexual porque la gerencia de la I. Católica y su Concordato con el Estado dominicano no lo permiten, o al menos, no quieren que sea «oportuna, científica y adecuada», nadie les respetó sus derechos sexuales, advirtiéndoles las consecuencias de ejercerlos.
Y se embarazaron.
Su médica hematóloga, que siempre la cuidó con cariño y desvelo, cuando supo del embarazo, lo lamentó frente a ella, porque conoce lo grave de un embarazo para una mujer con falcemia, enfermedad hereditaria con un alto índice de morbilidad, mortalidad y alta prevalencia en nuestro país, su panorama de dolores terribles, de una baja impresionante de las defensas, aumento dramático de la anemia, y exposición a complicaciones graves para la mujer y el bebé. Pero no le dio opciones. Tampoco el ginecólogo que la atendió desde entonces y que también lamentó el embarazo de Dionelis.
La internaron en Cuidados Intensivos en Puerto Plata, porque «estaba deshidratada», y pasó 9 días con los glóbulos blancos altísimos, «nunca se los pudieron bajar», como tampoco pudieron subirle a más de 3, la hemoglobina. Y así vino a morir a Santiago. «Estaba hinchada, apenas podía respirar», «los dolores eran terribles», «tenía el cuerpo muy caliente siempre», «estaba desorientada».
Su madre y su padre, viven en la angustia de no tener a su única hija. Nadie del equipo de médicos que la atendieron, les habló de la gravedad y de la opción de desembarazar a Dionelis. Quizás su vida vale un desayuno en el Congreso.

