Inducida por degradantes modelos que promueven consumo, individualismo, mercantilismo, sexo irresponsable, drogas y corrupción, la sociedad dominicana de hoy se despoja o pierde sus más intrínsecos valores cívicos y familiares en acelerado camino al despeñadero moral.
La figura de la mujer se erige como la más flagelada en este bacanal de antivalores que ha elevado los feminicidios a niveles insospechados, tanto, que no llega a cantar tres veces el gallo sin que algún hombre despechado asesine a una dama.
Es como si jirones de una cruenta degradación se esparcieran por toda la anatomía social, que parece no poder reaccionar cada vez que esas plagas desgarran la piel, como ha ocurrido con el asesinato de tres adolescentes.
Emely Peguero, de 16 años, embarazada de cinco meses, fue raptada por su novio y asesinada durante una horrenda práctica de aborto y por un golpe que le fracturó el cráneo. Su cuerpo fue mutilado, introducido en una maleta y lanzado a un lado de una carretera.
A Dioskairy la asesinaron, incendiaron su cuerpo, que fue encontrado cerca de la carretera que conduce a Fantino, un pueblo vecino de Cenoví, donde residía Emely.
Rosalinda fue violada, torturada y ahorcada con una cuerda y su cadáver semidesnudo tirado en el interior de una casa en construcción, en Nigua, San Cristóbal, de cuyo hecho las autoridades acusan a su expareja.
La que concluye fue una semana trágica, angustiante, conmovedora, porque tres jóvenes fueron vil y brutalmente asesinadas, lo que ha puesto de rodillas a una sociedad severamente flagelada por las hordas de antivalores.
Cada año, más de un centenar de mujeres, incluidas niñas y adolescentes, son asesinadas por hombres despechados o por violadores sexuales, lo que convierte a República Dominicana en una de las naciones con mayores casos de feminicidios en la región.
Los asesinatos de Emely, Dioskairy y Rosalinda estremecen la conciencia nacional y constituyen el más reciente y desesperado grito de una sociedad mil veces apuñalada por la violencia, delincuencia, criminalidad y, especialmente, por la acelerada degradación familiar y cívica.

