El tema del narcotráfico ha tenido la desgracia de abordarse desde una postura partidaria y llena de prejuicios. Lamentablemente, desde los años 80 hemos tenido una terrible penetración del flagelo que desborda franjas sociales, y, con el paso del tiempo, transita con enorme velocidad en ámbitos de la sociedad inimaginables.
Para desarrollar un ejercicio de objetividad, los últimos escándalos en materia de drogas establecen con certeza que el fenómeno no es patrimonio exclusivo de una organización partidaria ni de los sectores marginales sino que penetró segmentos de la población que poseían una cobertura social capaz de legitimar actividades ilícitas bajo el predicamento de un origen desvinculado de prácticas comerciales cuestionables.
Cuando una parte de la población conoce la información servida en los medios y piensa en los apellidos de los implicados, llega a la conclusión de que el tinglado vinculado a los fugitivos y el prófugo de mayor connotación operan en un medio social muy lejano de los barrios y callejones donde el prejuicio y la realidad imputan como único espacio del comercio y trasiego de drogas.
Los jóvenes que aparecen investigados en el caso Figueroa-Agosto no provienen de una marginalidad social seductora de un ascenso a cualquier precio. Por el contrario, el hecho de que exponentes de una élite incurran en ventajas, negocios pocos transparentes y acumulación injustificada revela que su penetración en actividades del bajo mundo no se corresponde con otra razón que no sea la sed de dinero fácil.
Más allá del morbo y comentarios insustanciales sobre aspectos de la intimidad sexual, el país experimenta un derrumbe en sus referentes morales y éticos. Y los últimos escándalos sobre narcotráfico lo revelan. Desafortunadamente, la sed de acumulación traslada como valor esencial de estos tiempos el conseguir los recursos sin importar los métodos y la generalización del fenómeno que hace que, tanto en el barrio como en la lujosa torre, nuestros hijos reciban el bombardeo de una aberrante noción del éxito.
Presumir que el problema esencial que caracterizó todo el andamiaje de la ilegalidad y el narcotráfico en el país era identificable en los jóvenes con gruesas cadenas o vehículos lujosos, es poco inteligente. Laas implicaciones y derivaciones como lavado de activos y complicidades en esferas exquisitas de la sociedad, revelan que son otros los conflictos que se derivan de las actividades vinculadas a la droga.
Resulta irónico, pero el escándalo que vincula a un ciudadano de origen puertorriqueño en una red del narcotráfico colocó en los ojos del público apellidos con una cobertura social reveladora de hasta donde la acumulación fácil y sin límites tiene aliados en el país.

