Vivas en su jardín y la gloria
Ahora que el cinismo se ha entronizado en el país, llega ella (María Coraje del alma nacional) como una diosa digna coronada por sus años, por su ejemplo, por tanto decoro derramado entre siniestros.
Dedé Mirabal Reyes llegó al auditorio del BC sólo para recordarnos que las muchachas siguen vivas en su jardín. Y al otro día retornó a lo suyo que es el trabajo en su finca, sin martirologio, y ahora hasta sin el hijo agrónomo, que anda metido en el asunto este del Medio Ambiente y lo verde.
Ahora, que por una iniciativa feliz del fraterno Juan Tomás Estévez se han publicado estas memorias de doña Dedé, uno recomienda su lectura, urgentemente, pero con ciertas precauciones. Y es que, como los amores impertinentes, la lectura de este libro le hará feliz e infeliz, reirá optimista y llorará como un adolescente olvidado por una María del Carmen que visitó a Ojo de Agua. ¡Entonces, se preguntará: ¡Cuándo -c - en esta patria se fue la dignidad de vacaciones, en qué momento se instauró en este suelo tanto olvido? ¿Por qué Dios, que está casi en todas, no metió su mano aquel junio, ese noviembre, y concedió cierta victoria a esos buenos, a esos dignos derrotados, hijos de una patria que sólo existe ya para traicionarse, borracha de cinismo y mucho olvido?
Mamá Dedé sólo vino a la capital para recordarnos que ellas siguen vivas en su jardín. Porque sepan los jóvenes y recordemos los mayores que hubo una vez unas mujeres, ovarios de luz, unos señores, testículos de hierro, capaces de ofrendar sus vidas por sus sueños, una patria, por decir.
A los muchachos, que hoy padecen el estercolero ético en que se ha convertido el país, alguien tenía que enseñarles que existieron unas mariposas, ay, que hubo una vez unos sueños de patria que entre todos convertimos en museo del absurdo, bulevar de sueños rotos entre Dylan y Sabina.
En fin, mientras más conozco las cloacas del país, más me regocijo en la existencia útil, digna y fuerte de doña Dedé Mirabal por tanto ejemplo, por Mamá Chea, ella, ella, la que a todos cobija bajo su manto, y recuerda sus nombres y el cumpleaños. Recordar, a veces, es morir.

