Aquella noche, uno había ido a ese bar para hablar de política y candidaturas, y se había encontrado con algo más sublime y trascendental: Una pareja de amantes atrapada en los laberintos del desamor y sus hecatombes, observada con paciencia por una luna llena que de cuando en vez se ruborizaba por sus miradas -las de ellos- y se escondía en una nube que insistía en pasar y pasar.
Su mirada – la de él- era la de un perdedor, la del jugador vencido en la confusión del sin mañana de los amores contrariados, en el desconsuelo brutal de quien sabe que está jugando para perder, que está apostando a no ganar.
Estábamos en ese bar, era de noche y llovía, hablando de política e impugnaciones. Y sin quererlo, habíamos atrapado a esta pareja que se confesaba sus sueños truncos, con una ternura que se parecía demasiado al amor.
Su mirada -la de él- era honda y triste como el mar en enero. Su mirada – la de ella- era de una sorpresa entristecida de meditación, de duda, adornada de su belleza tranquila.
El mar les acompañaba junto a dos embarcaciones que, en la quietud de la bahía, cuidaban este amor que no fue, y atestiguaban con sus pálidas luces la muerte lenta de un ser que nunca tuvo vida. ¿O si?
Perdonen el voyeurismo, pero allí la atmósfera era de tal romanticismo y derrota, -las miradas eran tan tristes-, que fue imposible abstraerse a todo ello:
Allí estaba muriendo un amor que no había nacido, se estaban enterrando besos que nunca más serían el anticipo de la gloria de dos cuerpos que habían sido capaces de inventar caricias, mares, sudores, bahías, perfumes, sueños, solo por agradar a Dios e incitarlo a seguir amando a su Maria Magdalena. Justo y lo que ellos dos, por esas mezquindades humanas con que a veces nos golpea la vida, nunca más serían capaces de hacer, (Dónde está la vida, don Pancho Céspedes). Era de noche y llovía.

