Mercedes Sosa: «Cantora»
Si canto no es que estoy alegre, soy como el colibrí, que si no canta se muere. A. Yupanqui.
Mientras caminaba por los bares de Huertas, tras la huella etílica y poética del maestro Sabina, recibí la noticia de la muerte de Mercedes Sosa. El día antes, había llegado de Barcelona donde infructuosamente intenté recorrer el inexistente paseo Joan Manuel Serrat en Poble Sec, su barrio, pero, apenas llegué a ver el amarillo de las genistas, el Mediterráneo, aquel cementerio entre la playa y el cielo.
Ni encontré a Joaquín ni hallé al Nano. Sabina y Serrat quiero decir. Pero por el e.mail de T.L me enfrenté a la nota que anunciaba su muerte. De su mano, más bien de la voz de doña Mercedes Sosa, recorrimos los de mi generación las patrias del lejano Sur y sus penas, lo horrendo de las dictaduras militares, aquel Plan Condor de Mr. Kissinger que tejió de dictaduras el tango y las pampas.
Mercedes Sosa era social como el aire, solidaria como un bombero.
Tuvo tiempo para cantar a la guerra y contra la guerra, y cantar a la paz y por la paz y sólo le pedía a Dios cosas poco importantes, entre mates, por ejemplo: que la guerra no me sea indiferente, es un monstruo grande y pisa fuerte, toda la pobre inocencia de la gente, y lo hacía con la gran canción que le prestó León Gieco, pero su voz se quedó con ella. Nunca público alguno aceptó que se la devolviera.
Aunque lo intentó más de una vez con sus versiones de canciones amorosas de Fito o Aute, su fuerte fue lo social, la revolución, los pueblos y sus pobres, las pampas y sus noches.
Hablo de ese, su lento ir como una mendiga por la felicidad de los pueblos, recogiendo limosnas de canciones, que sus amigos cantautores le regalaban como se regala un abrazo o una flor.
Justo hoy, esta noche, cuando una vez más he confirmado que en Santo Domingo a esta hora exactamente hay un niño en la calle, he vuelto a recordarla, y entristecido, he salido a caminar con su recuerdo por la cintura cósmica del Sur .
