La celebración hoy del Día Nacional del Merengue no podía ser más explícita de cómo la apatía de sus exponentes se regodea en la individualidad.
Ameritaba un día como hoy la iniciativa de sus cultores, sin el empujón de otros sectores que, como el pasado año, dieron el ex presidente de Acroarte y editor de espectáculo del matutino El Día, Fausto Polanco, instituciones del Estado, emisoras radiales, canales de televisión y medios escritos.
A falta de ese empujón los meregueros no programaron acciones que dieran continuidad a ese primer paso que supuso en el 2013 su día.
Es una realidad innegable que la solidez económica ha sido una retranca para la acción.
Los más populares, los de nombres sonoros, están ensimismados en sus compromisos, en sus giras, en su yoismo, que no les alcanzó tiempo para pensar en qué hacer con motivo de su día.
La bonanza económica que suponen las giras semanales, las presentaciones en los establecimientos de diversión del país, a pesar de la poca difusión radial, es un mentís a la cacareada crisis que aducen algunos.
El Día Nacional del Merengue encuentra a los establecidos, más establecidos, a los demás luchando para mantenerse en tiempos de cambios, tanto en la forma de mercadear la música, como en agenciarse una fórmula que atraiga a las nuevas generaciones.
Donde sí se ha entronizado esa crisis es en el relevo de un ritmo que desde su aparición ha visto llegar nuevos cultores, pero en las últimas dos décadas también ha visto envejecer a los que una vez fueron los nuevos.
El Día Nacional del Merengue ameritaba una agenda común entre los merengueros, sobre todo de aquellos que desde sus confortables oficinas lanzan todo tipo de teorías en busca de espacios en los medios, pero no accionan para el surgimiento de nuevos exponentes.

