El factor musical llamado yo quiero un sapito, con su sobrecargada potencia erótica y sus letras algo deplorables, fue todo un acontecimiento popular en la República Dominicana de hoy.
El mal gusto es frecuentemente organizado con fines dominatorios.
De ese modo se puede entender mejor por dónde andamos en materia de apreciación y de sutileza musicales algo chillonas y reaggetoneras.
Presuntamente hay que entender y hacerse indiferentes en razón de un sentimiento de tolerancia más sufrida que incomprendida.
La pobreza compositiva es proporcional a las deficiencias abismales del aún más deplorable sistema educativo.
Un gran compositor, Luis de Kalaff ofreció mejores letras, gratis, para el cancionero popular dominicano pero su voz, como la de un profeta en el desierto de nadie, no se escuchó.
Pero de lo que se tratará en estas líneas es exactamente del sapo que deviene en símbolo, no de un ritmo de moda, venido a menos. Se hará una retrovisión comparativa de sus significados en Oriente y Occidente.
En la variada e incomprensible civilización occidental el sapo es sinónimo de torpeza y de fealdad, salvo que evoque un lugar bien situado en algún cuerpo mejor bien dotado, entre nosotros.
En Oriente hay otra cosmovisión de este animal, que suele causar injusto temor en alguna dama distraída si lo llega, con terror, a tocar.
Siempre anda como si llegara cansado de algún viaje lejano, húmedo, pegajoso, como una criatura que acabara de nacer y que trata de esconderse de alguien.
En Asia lo han visto, al paso de los milenios, transformado, en la luna a la que devora y genera el eclipse. El sapo es yin, porque predomina, entre los chinos.
Su posición simbólica explica sus predilecciones por los refugios sombríos y húmedos.
Como entre nosotros, anuncia la lluvia, lo cual deja claro que se trata de una creencia universal que cubre asimismo a los mayas y los aztecas que le rezaban para obtenerla.
En ciertos pueblos orientales lo sienten como una divinidad que encarna el aguacero bienhechor y creen aquél que lo golpee será fulminado por el cielo.
Signa, asimismo, el éxito y la fuerza si su color es escarlata, y fortifica a los niños.
El sapo occidental es regio y es solar, inverso de la rana, de la que sería su cara tenebrosa e infernal y con la que se le suele confundir.
El sapo, entonces, interceptaría, mediante un proceso de absorción, la luz de los astros.
Su mirada fija denotaría insensibilidad e indiferencia ante la luz.
Es atributo de los muertos y en la era faraónica lo momificaron, y lo fue del esqueleto en la Edad Media.
Entre los helenos es la cortesana, Phyrne, que se lanza desnuda a las olas para jugar, tomando parte con otras en las libres diversiones de las que Afrodita era el pretexto.
Parece que también simbolizó la lujuria.
Entre ciertos pueblos del áfrica, como también acá, se lo considera en afinidad con el sexo de la mujer, provocador del coito, comparable a la tierra dentro del complejo agua-tierra-luna que expresa de modo esotérico el concepto de muerte y de renovación, en las sociedades iniciáticas.
El interviene en las tradiciones de la magia.
Cuando se pone en el hombro izquierdo de una maga es unas de las formas del demonio, simbolizado en los dos cuernos minúsculos que tiene sobre la frente.
Las brujas le prodigaban ilimitados cuidados; los bautizaban, los vestían con terciopelo negro y les hacían bailar.
En su cabeza parece haber un talismán para obtener la dicha sobre la tierra.
Fuente: Diccionario de los Símbolos, pp.910-911, de Jean Chevalier.
