No acostumbro a escribir sobre temas triviales; pero la Navidad admite una excepción. Pues bien, cuando mi amigo Carlos José Fernández me contó que había visitado Graceland, nombre con el que Elvis Presley bautizó su mansión en Memphis, Tennessee, me asaltó la curiosidad de saber más de este ícono de la música que ha trascendido el tiempo en que vivió.
Coincidencialmente, viajé en esos días a Las Vegas y vi, junto a mi esposa, el espectáculo Viva Elvis, vistoso y emotivo tributo concebido por Cirque du Soleil, que se presenta en dos tandas diarias en el hotel Aria. Mi curiosidad subió de punto, y supe que en 1973 Elvis ofreció en Hawaii el primer concierto en ser retransmitido vía satélite, siendo visto por 1,500 millones de personas alrededor del mundo, lo que aún no ha podido nadie igualar.
La leyenda del Rey se sustenta en su música, en sus películas, en su garbo, en sus mujeres, pero muchos desconocen que sus excentricidades contribuyeron a mitificarlo. Encaprichado con conocer a Richard Nixon, informes federales desclasificados por Washington dan cuenta de que a las 9.30 de la mañana de 21 de diciembre de 1970, un emocionado agente de seguridad de la Casa Blanca anunció al antedespacho la inesperada visita, y en medio de la perplejidad causada, fue recibido por Bud Krogh, consejero del gobernante. Dos horas después, Elvis cruzaba el umbral del Despacho Oval para sostener un histórico encuentro cuyos pormenores se conocieron mucho tiempo después.
Han discurrido 30 años, y ningún otro artista ha generado histerismo del modo que él lo hizo. Además, no pienso en nadie capaz de reeditar la hazaña de ser recibido, sin cita, por el inquilino de la Casa Blanca. Dotado de voz melodiosa de impresionantes registros, Elvis atrapó la admiración de medio mundo. Como dice Carlos José, no ha habido otro como él y difícilmente la humanidad conozca un fenómeno de su dimensión.

