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Entre cielo y tierra

Entre cielo y tierra

Misa en pandemia

En un banco del parque, debajo de una agradable sombra, escuché aquella misa de domingo de ramos. Como siempre, me senté lo más cerca que pude de los celebrantes para evitar distraerme, pero igual que muchas otras veces, mi atención se fue de vacaciones.

Esta vez se fue detrás de una decorada carretilla llena de dulces y otras chucherías, tras los pasos del vendedor de café y así, con muchas otras escenas de ese primer domingo de semana santa en un pueblo boliviano.
Por ratos se fue mi atención a otros tiempos y a otro lugar: a mi pueblo cuando era fija en las actividades de cuaresma.

Me embargó una agradable sensación y me pareció hermoso ver los feligreses, ondeando sus ramitas decoradas de diferentes formas.

En frente, el templo era majestuoso, pero nada me pareció más majestuoso y sublime a la vez, que ver a los acompañantes del sacerdote caminando por diferentes áreas del parque para recoger las limosnas y llevar la hostia a los presentes. Ese día la iglesia salió del templo, se bajó de aquel distante pedestal para ponerse de tu a tu con los creyentes, con todos los que estaban en el parque.

A mitad de la celebración paré de preocuparme por seguir la misa. Presté más atención a los que estaban allí y no precisamente para ver sus vestidos: Admiré familias enteras atentas a cada paso de la misa, a parejas, niños pequeños distrayendo a sus padres, vendedoras que detenían sus pasos para orar y entre muchas otras cosas, frente a mi, el gran sillón del limpiabotas con un feligrés que hacía limpiar sus zapatos mientras escuchaba la misa, una misa distinta, como muchas cosas en pandemia.

Por. Mary Leisy Hernandez

Marilei@hotmail.com

El Nacional