Una mujer atípica
París, Francia. Su casa estaba llena de instrumentos musicales: Un gran piano de cola, un arpa, guitarra, clavicornio y otros instrumentos exóticos.
Sus libros ocupaban grandes estantes y es que la lectura era una de sus grandes pasiones. Era típico encontrarla con un libro en las manos. Recuerdo que le llevamos de regalo un collar de Larimar y nos hizo muchas preguntas que yo no pude contestar en su totalidad, al día siguiente me dio todos los detalles. Buscó entre sus libros y ya sabía más que cualquier dominicano sobre esta piedra nacional, única del país. A los 24 con un niño en su vientre tuvo un terrible accidente que la obligó a vivir el resto de su vida en silla de ruedas y así viajó muchos países de los que tenía mucho que contar. Así trajo dos hijos al mundo, así se desempeñó por muchos años como profesora de Francés y así aprendió varios idiomas y habilidades como a manejar un vehículo diseñado especialmente para ella, que pudo conducir hasta el final de sus días.
No se cuantos idiomas hablaba ni cuantos instrumentos tocaba. Tenía interés en aprender de todo y tenía grandes facilidades para lograrlo. Por mi quiso aprender a hablar español. Como olvidar sus intentos y como olvidar nuestros primeros encuentros en los que me hablaba mitad inglés y mitad italiano o francés. Por suerte nos podíamos entender. Tengo tanto que decir de esta mujer que quedo corta. No era su condición lo que la hacía atípica, era su manera de ver la vida y de vivirla. Sus creencias y su filosofía única y muy a su manera. Era indescriptible. Siempre quiso ser independiente a pesar de su condición y la vida se la llevó a los 73, antes de que tuviera que contar con otros para poder moverse. Hoy sus cenizas se esparcieron en un jardín. Había dicho que no quería que su cuerpo ocupara espacio. Hoy veo gris a París. Fue un viaje triste. Por suerte me llega su sonrisa, sus entusiastas conversaciones y todo lo lindo que vivimos en tan corto tiempo.

