A los que nacimos en la postrimería de la década del 60, nos criaron con futuro. Crecimos con la idea de que, aprovisionados de una formación sólida y manteniendo una trayectoria ciudadana que se considerase ejemplar, era seguro el disfrute de mejores días en el mañana.
El sentido común de entonces, consideraba que, creada la necesidad de hombres de bien y mujeres profesionales con carácter, iniciativa y honestidad; la sociedad sabría ponderar como auténticos paradigmas, a quienes ostentaran estos atributos
Había una loa permanente a la estabilidad. Se suponía que alguien con estas virtudes, estaba preparado para las embestidas que los años transcurridos traen consigo.
Ese de vejez segura, servia incluso para la seducción y la arrogancia. Me explico: un hombre sin ningún sentimiento y mediana formación, era en algunos casos, preferido al jovenzuelo romántico pero sin un centavo donde caerse muerto. ¿Con qué te mantendrá, con versitos de amor y cancioncitas de serenatas?- se le oía decir a cualquier señora, cuya devoción y amor hacia sus hijos nadie osaría poner en duda.
Al día de hoy, los nacidos a finales de los años sesenta, aparecen como convidados sin suerte al desmadre contemporáneo. Cuasi convencidos de que, ciertamente; con buenos propósitos y sentimientos no se pagan cuentas; que, sin importar el trayecto, lo que vale es la resultante de la travesía, ya que, en tiempos de mezquindad (Baudelaire), el amor, vencido por el libre mercado, no es bien suficiente.
Mas esta realidad sin futuro soñado, apesta a traje de sepulturero. Imbuidos por el vacío de la época sin paradigmas políticos carentes de cuestionamiento, ni guías religiosos alejados de sospecha-, a los hombres y mujeres de hoy, parece importarle poco lo que mañana sobrevenga, fruto de sus desaciertos.
Tal parece que sólo los inspira lo práctico de la vida, con la subsecuente maleabilidad de sus valores canjeables. Es que la cotidianidad, en su avance demoledor y desesperado; los aborda sorpresivamente, enfrentándolos a la infame suposición de que sólo los significantes tangibles tienen sentido, y acusan razón de ser.
¿Pero cuales son los actos en donde esta inquietante fiebre de persecución a la supuesta inutilidad, halla encause y fija su derrotero?
Lo primero es que se apropia de todo aquello que bien podría indentificar o convocar a la masa, instrumentalizando todo lo que a esta interesa o puede seducir: los mass media y las artes populares, por ejemplo; quienes proveen de tonos y temas que imponen modas y fijan la Agenda Nacional, instaurando los significantes epocales que pronto habrán de sustituir todo aquello que podría medrar en contra de sus intereses.
Si se piensa bien, esta forma de dominio solapado ha existido siempre. Su trabajo ha sido exitoso puesto que logra su cometido: confunde y desmonta valores y creencias con su filosofía de utilidad y conveniencia; al tiempo que sirve de soporte para instaurar iconos, vacíos de contenido, y zaherir todo intento de concienciación o vuelta promisoria a referentes, cuya valía de símbolos y emblemas reivindicadores, permanecen en fragua; aunque débiles y ocultos.
¿Hablamos de la llamada Generación Y?
Si a la nombrada Generación X, le caracterizaba -entre otros afluentes-, la desolada reputación de ser (margen de) una tribu de nautas inmersa en el yo profundo y desquiciante; sin presupuestos éticos, ni conciencia de la importancia de defender o prodigar valores morales, y mucho menos propagar el cultivo de los deberes cívicos; a la Generación Y le identifica el empeño de la negación rotunda. Son nihilistas confesos. Insomnes de paso
Viven exiliados de sí. Descreen de todo forma de compromiso y sospechan de la viabilidad de todo tipo de expresión humana, sindicada como trascendente o digna de ser emulada.
Menosprecian todo lo que huela a proyecto colectivo, a sacrificio por el otro, a unión en pro de , y en defensa de ; porque son el fruto de una sociedad menoscabada; cocinada en la impureza e inconciencia de su propia salsa, ya que esgrime sus innumeras interrogantes dando como respuesta la falta de fe en cualquier acción que procure su cambio y desarrollo. Se trata de una de-generación en devaneo cíclico, que se refleja en la agonía de un yo sin sueño de plenitud ni redención vindicantes.
