Ni para cabezas de cutuco ni espalderos, sólo para reales militares y policías
Porque Lo que no me mata me hace más fuerte.
Hacer un alto en el camino, en determinados momentos, hace bien, demasiado bien. Mirar atrás, ver el terreno recorrido y cuestionarse sobre si valió la pena tantos sacrificios y penurias para estar donde estás en el largo o corto trayecto de la vida. Esas son cosas que muchas veces las personas responsables deben de hacer, quizás para buscar la fuerza, la energía necesaria para continuar el camino y tal vez, cuestionar si las huellas de las heridas recibidas en ese trayecto, sirven como un orgulloso trofeo, o, por el contrario, una dolorosa experiencia no digna de repetición.
Como dice la canción A veces llegan cartas…, sí, solo a veces llegan cosas que te hacen rememorar bellos recuerdos de juventud, rebeldías y aspiraciones, algo que los malaleche no pueden hacer. Y al mismo tiempo, te fortalecen para darle la espalda a las malquerencias y envidias de enemigos, amigos y cercanos de difícil definición o ubicación dentro de tu entorno.
Son esos que por la espalda tratan de que vuelvas atrás, que no soportan el producto de tu sacrificio, honestidad y profesionalidad y desean que vuelvas atrás solo para que vuelvas a sufrir, para ellos solaparse en sus maldades y sus bajos instintos.
Pero, gracias a Dios, por igual te llegan cosas bellas por correo electrónico, como ésta, cuyo autor desconozco, pero que me permito reproducir para todos los hombres y mujeres de uniforme, que honran su profesión, a todos aquellos profesionales militares y policías, que día a día dan lo mejor de sí por cumplir con su deber, a los que están pasando penurias en nuestra frontera, a los que se encuentran en los cuarteles, entrenándose y capacitándose para serle útil a la nación, que son la gran mayoría, sin esperar canonjías y sin estar de abre puertas o espalderos sumisos y cobardes, que han llenado de vergüenza la profesión militar y policial. Para estos últimos, esto, no va.
El niño despierta mirando para todos los lados, como buscando algo. Lo primero que ve, es a su mamá y con un gesto de duda le pregunta: ¿Dónde está papá? Su mamá, abrazándolo y besándolo, le contesta: Papá se fue a trabajar. Al niño le invade un silencio y una inmensa tristeza, vuelve a preguntar ¿y por qué papá tiene que irse todos los días?
La mamá, con un gesto de amor y de orgullo, le responde: ¡Porque es militar!
Mientras su mamá lo vestía, el niño vuelve a mostrar su curiosidad y pregunta: Mamá ¿qué es un militar?
Ante la duda de su hijo, la mamá le contesta:
Es aquel hombre que da su vida por otros.
Es aquel que lleva su uniforme con orgullo.
Es aquel hombre que es honesto y honrado.
Es aquel que no tiene Navidad.
Es aquel que no tiene Año Nuevo.
Es aquel que la sociedad lo recrimina sin mirar sus esfuerzos.
Y sin dejar pausa alguna, continuó como si estuviese rezando un credo Es el que no celebra cumpleaños ni feriados. Que no tiene veranos ni inviernos. Para él, todos los días son iguales, es como el Pabellón Nacional, se lava con la lluvia y se seca con el sol Es aquel que no te ve cumplir tus añitos. Es aquel que con un pésimo salario paga tus estudios, la casa, sus pasajes y lo más importante, nuestro sustento.
Es aquel que tiene como amiga a las estrellas, con quien comparte sus problemas y en las noches más frías, comparte sus pensamientos. Es aquel quien muestra tu foto y dice orgullosamente ¡este es mi hijo!
Luego, el niño, con lágrimas en los ojos, le abraza y le dice, por eso hoy brindaremos los dos solos Porque ¡Papá es militar!
¡Soldado, tu tumba es anónima, pero tu hazaña es inmortal. Los médicos curan enfermedades; los arquitectos diseñan y construyen; los maestros enseñan; los militares ofrecen lo más humilde su vida!
Y ahora, a pesar de los que se empecinan en sus indelicadezas y que nos avergüenzan, vamos todos a decir, esos, son ellos, nosotros con orgullo y humildad, con o sin uniforme, digamos a viva voz, con la frente en alto, pertenezco a los primeros, soy, simplemente ¡un militar! ¡Sí señor!

