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Etica en la cobertura  campañas electorales

Etica en la cobertura  campañas electorales

En 1960, cuando John F. Kennedy luchaba por alcanzar la presidencia de los Estados Unidos yo era apenas un joven reportero que estaba aprendiendo a cubrir campañas electorales.

Durante los últimos 38 años han pasado por mis libretas de notas muchas campañas en muchos países. Espero que aprendí casi siempre a fuerza de equivocarme algunas cosas que  ayudarán a los periodistas de hoy a hacer el tipo de trabajo periodístico que los ciudadanos merecen y esperan de una prensa libre en una democracia moderna.

Para mí hay tres ideas básicas en la cobertura de campañas electorales. Estas ideas son simples, pero ponerlas en práctica de una manera seria y profesional, en medio del calor de una campaña presidencial, no es tan fácil.

Mantener la ética
Un periodista tiene una sola cosa verdaderamente valiosa: su credibilidad. Un periodista que pone en peligro esa credibilidad, a la larga no le es útil ni a la sociedad ni a su profesión.

La credibilidad se construye sobre muchas cosas. De ellas, una de las más importantes es la percepción. Si las personas perciben que hemos perdido la credibilidad, de hecho la hemos perdido. Por lo tanto, los periodistas, igual que la esposa del César, debemos evitar incluso que los demás tengan la percepción de que algo se está haciendo mal.

Siempre nos excusamos cuando violamos aquellos parámetros establecidos por periodistas que a través de décadas han aprendido a golpes cuál debe ser nuestro papel en la sociedad.

Es preciso que nos demos cuenta de que lo mismo ponemos nuestra credibilidad en peligro cuando cometemos cualquier tipo de violación ética, ya sea pequeña o grande. Un reportero que recibe dinero de un candidato o de un partido es inservible para la sociedad, y, por lo tanto, para sí mismo y para su medio de prensa.

El reportero que acepta participar gratuitamente en un viaje de campaña de un candidato, también está arriesgando innecesariamente su credibilidad. Y lo mismo ocurre con el reportero que acepta una comida gratis de un candidato, de un partido, o de un funcionario del gobierno.

Podremos decir que no hay político que pueda comprarnos por el precio de una comida, de una botella de vino o de un paseo en avión a la costa. Eso probablemente sea cierto, pero ante los ojos del público, del hombre de negocios que sentado a la mesa contigua ve que nuestro entrevistado es quien paga la cuenta, hemos sido comprados.

Es fácil caer en trampas éticas, trampas que a veces no son intencionales.  A todos nos gusta que nos halaguen y es muy halagador que el presidente nos invite a la casa de gobierno para tomar unas copas en privado o para compartir una cena privada.

El Nacional

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