LONDRES. AP. Esparzan las lentejuelas, enciendan las luces de discoteca y prepárense para batallar: llegó la hora del Festival de la Canción de Eurovisión, una celebración del pop cursi con un trasfondo de política y patriotismo. Más que una competencia de canto, es diplomacia con zapatos de baile.
Esta semana intérpretes de más de 40 países se suben al escenario en Kiev para buscar el título de Eurovision, ante unos 200 millones de telespectadores. La 62da competencia anual tiene cantantes melódicos pulcros, ritmos electrónicos, rumanos cantando yodel y hasta un gorila danzante. Pero también se nota una gran ausencia, la de Rusia, cuya participación se vio afectada por el conflicto diplomático y militar del país con su vecina Ucrania.
Rusia, junto con Suecia, es el país que más concursantes ha tenido entre los cinco finalistas este siglo. Pero su representante de este año, Yuliya Samoylova, fue bloqueada por Ucrania, el país anfitrión, porque había estado en Crimea tras la anexión de la península por Rusia en el 2014.
En respuesta, el Canal 1 de televisión, propiedad del estado ruso, se está negando a transmitir el certamen. Este sábado, en lugar de la final, presentará la película «Alien».
Rusia ha estado molesta desde el año pasado, cuando la cantante ucraniana Jamala ganó Eurovision con «1944». La canción describe las deportaciones de tártaros de Crimea a Asia Central bajo el dictador soviético Josef Stalin, pero también hace referencia a su reciente trato bajo el presidente ruso Vladimir Putin.

