La dramaturga Elizabeth Ovalle aceptó un el desafío de trabajar en una sala, como la Aida Bonelly de Díaz, que no cuenta con las condiciones técnicas para montajes de teatro, pero que ella soluciona en la medida en que le fue posible, planteando un entramado que vincula proyección en video que incluye una conducción digital por parte de un periodista actual que admira a la Montez, la proyección de escenas de sus películas y de carteles de sus producciones (algunos vistos por primera vez, proporcionados por la Dirección General de Cine y otras fuentes). Fifi Almonte, ante uno de los desafíos histriónicos más fuertes de su carrera, expone la vida de esta artista, con una interceptación que se concatena con las intervenciones del video que conduce la historia. La actriz se mete en la piel de la figura cinematográfica y reproduce ambiente, situaciones, personajes y circunstancias. Restablilla parlamentos en algunos instantes que sabemos puede gerenciar mucho mejor. Alexander Duval diseña el desarrollo en escenario de una pieza louficientemente extensa para mostrar la versatilidad de la Almonte y sus apoyos danzarios (Luis Pérez y Diómedes Alberty). El número interpretado refresca la escena y permite que la Almonte se exprese en un género escénico que pocas veces ha tenido oportunidad de enfrentar.

