Salió corriendo una vez que fue a besar la mano de su padre de crianza, y vio la figura de Polo Balbuena, de quien se dijo que habían matado.
Lo desconocido, rodeado de incógnitas e indescifrable -el más allá es una de esas fenomenologías desconcertantes de cuyas fronteras nada se sabe- siempre ha infundido en los creyentes algún respeto y cierto comprensible e íntimo terror.
Nadie, por cierto, necesita evadir aquello en lo que no cree.
En los días del siglo XIX en que campeaba en la República el recio y duro reinado de los presidentes militares, el general Perico Pepín lo mismo podía hacer de gobernador, jefe político, juez de ejecuciones sumarias y amante febril. Pero le tenía miedo a los muertos.
Armado de su bigote ostentoso -así lo exigía la idea del valor personal en curso- como también de algunos hierros en los que dormía la encapsulada candela, Perico Pepín lo era todo en Santiago para el desalmado y astuto general Ulises Heureaux.
Le era probadamente fiel, una de las virtudes tan escasas como imprescindibles cuando se mueven tantos factores cruciales en la realidad de la política práctica.
Política práctica que no podía prescindir de estrategias efectistas y de actos de fuerza, cuales eran los que dominaban aquella era de patíbulos fáciles y de armas a tomar.
La supersticiosa preeminencia del tormento de las almas en pena o locas por otorgar una fortuna en monedas de oro enterrada en un lugar incógnito o desafiando con su sola presencia hasta a los bravos generales, es un abstracto y peligroso- en razón de que llega a decidir infartos y temblores de muerte-producto de importación netamente español.
Por supuesto que también en el sur de Italia se estila parecido pánico sagrado con su secuela de grimas y de lágrimas liberadas por esas noches cortantes en que apenas se podía distinguir una sombra de otra. El periodista Nicanor Jiménez describe a Perico Pepín como un hombre valiente hasta la temeridad.
Revela que a un señor de nombre Polo Balbuena, coronel del Batallón de Cazadores del Yaque, lo mataron en ocasión de ir a hacer preso a otro de nombre Eusebio Cepín.
-Perico, advierte el narrador (Santiago de los Caballeros, pp.84, Archivo Histórico de Santiago) tenía diferentes queridas. A las 4 se retiraba a su casa y antes de llegar iba a besar la mano a siño Fermín Cepeda, su padre de crianza.
Una madrugada, cuando iba a cumplir con ese debe r, en la esquina de la casa de Agustina Castro, situada en la calle Cuba (Unión) y Vicente Estrella (27 de Febrero),vio la figura de Polo Balbuena que lo saludaba y salió huyendo.
Esto se repitió varias veces y Perico dejó de ir a besar la mano y dejó de andar de noche por ese lugar.
El Viernes Santo, después de la procesión del Santo Entierro, Perico se despojó del uniforme, subió a la fortaleza y recostado en la torre del reloj estaba Polo Balbuena. Salió huyendo, fue a su casa y el viejo Fermín le dijo:
-Mira pendejo, Polo te quería decir que cuando la pelea de El Cabao, que hirieron a Lilís (en la nuca) él le ofreció una carga de velas a la Virgen de las Mercedes y una misa si se ganaba la acción y quiere que tú le cumplas esa promesa.
Inmediatamente, Perico hizo tocar llamada de cazadores, consiguió las velas y salió para el Santo Cerro a la cabeza del Batallón Yaque.
Se dijo la misa, se entregaron las velas y se cumplió fielmente la promesa.
Llenados todos los requisitos, ordenó Perico al comandante Victoriano Silverio la orden de ruta a Santiago mientras él iba a su finca de Maguaca por el camino de La Vega.
Salió la tropa del Santo Cerro por el camino de Santiago y Perico por el otro camino. A media cuesta vio Perico a Polo Balbuena, que le dice:
-Compadre, muchas gracias. Perico picó espuelas. En vez de ir a Maguaca regresó a Santiago primero que el batallón y le dieron algunas fiebres.
Muerte de Lilis
El general Perico Pepín, quien para la época era el Gobernador de Santiago, al enterarse de su muerte, llevó a caballo el cadáver de Ulises Hereaux (Lilis) desde Moca a la Iglesia de Santiago, donde lo entrerró .

