II
Hace un año, a propósito de un percance afectivo escribí esto: “La vecina de mi tía Celeste (EPD) en Pueblo Nuevo, Santiago, votó un jarrito de aluminio de los pequeños en que en mi niñez me daban café en casa de Rosa, mi vecina de “La Chiva”. Abollado, tiznado, muy sucio y con el asa desprendida de un lado, mi tía lo recogió, lo fregó, le quito el tizne con agua hirviendo, le soldó el asa y le quitó la mayoría de los abollados.
Una semana después la vecina le pidió mi tíaun poco de azúcar y ésta la invito a cogerla de la cocina donde vio, enganchado en un clavo, reluciente, el jarrito que había botado y lo reclamó, mi tía se paró de la mecedora como un resorte y le espetó: “Ese jarrito ya no es suyo, usted lo botó vuelto un disparate y ahora lo quiere pa´atrás porque lo ve bonito”.
Algo así sucede en las relaciones de pareja, en las que por lo regular las rupturas se dan de mala forma y ambos terminan desconsiderándose: “Tú no sirves para nada”, “Sin mí no vas para ninguna parte”; y así, como el jarrito la echan a la basura, pero las que logran recoger su autoestima, persisten en vivir y crecer material y espiritualmente, llegan a estar en las condiciones en que puso mi tía el jarrito, y entonces ese, que entonces le rechazó, la quiere de vuelta o destruirla.
Algo así expresa Pablo Milanés en su bella canción: “El amor de mi vida”
“Te veo sonreir/ sin lamentarte de una herida/cuando me vi partir/pensé que no tendrías vida/ Que gloria te tocó/ que has renacido/ que milagro se dio/ cuando el amor volvió a tu nido”.
Recuperarse como el jarrito o simplemente cambiar gracias al amor del otro, se puede, y esto último fue lo que se dieron mutuamente mi hija y su esposo, que ahora se ha perdido por el inesperado fallecimiento de él y el dolor que nos ha dejado es “algo más que salud”.

