Hay un país en el mundo que hace poco celebró el centésimo sexagésimo noveno aniversario de su independencia. Sin embargo, acaso solo cincuenta, los ha vivido con soberanía, libertad y democracia. No obstante su existencia ser una tragicomedia con vocación caricaturesca, los politicastros del patio se empeñan en calificarla como nación, y le llaman a su territorio Estado de la República Dominicana; como si país, nación y Estado fueran sinónimos entre sí.
Más por protocolo que por el interés de informar, los gobernantes de turno en vez de rendir cuentas, cuentan cuentos. Desgraciadamente, para ellos, lo que cuenta es seguir la cuenta interminable de sus incontables mentiras. Observando las cosas desde un ángulo objetivo, uno se pudo percatar de que con su discurso ante la Asamblea Nacional el pasado 27 de febrero, el presidente Danilo Medina quiso, pero no fue la excepción.
A pesar de que el titular del Ejecutivo nos presentó sus importantes logros en materia educativa y tocó la inminente e inaplazable renegociación del contrato con la Barrick Gold, parece que se le extravió la hoja que debía contener lo atinente a la corrupción en la pasada gestión y en la actual, aunque se la pretenda ignorar. Además, el heredado déficit fiscal y el inescrupuloso rejuego con los precios de los combustibles brillaron por su ausencia el discurso del presidente.
A estas alturas, no es hiperbólico asegurar que somos testigos de un matrimonio aparentemente indisoluble entre la impunidad y el gobierno de Danilo, por cuanto, en esencia no ha hecho nada, ni siquiera para guardar las apariencias, mientras la rampante corrupción sigue campeando por sus fueros. Pero, quién sabe lo que nos depare el destino. A Danilo le quedan tres rendiciones de cuentas más, y como la esperanza es lo último que se pierde, a lo mejor para las restantes, no haya tanto mal por corregir.

