Hace un rato tenía frío y fui a buscar un abrigo, y hace una hora tenía hambre y fui a buscar unas galletas y queso y jamón y algo de fruta.
Así de simple es la vida, o así de simple asumimos que es, con abrigos, comida, sanitarios, camas acolchadas, analgésicos, ropa de dormir y ropa de cama, y al otro día directo a la cocina a prepararnos un café negro y un café con leche y luego avena con ciruelas pasas y guineos, que ahí están todas las vitaminas que se necesitan para sobrevivir el día de manera saludable.
Esos son los placeres cotidianos de la vida en los que no nos detenemos a pensar cuando pontificamos desde el sillón frente a la computadora, o desde la mesa que nos sirve como escritorio, sobre el derecho a la vida de los no nacidos, cuando setenta millones de personas abandonaron sus hogares para emigrar solo en el 2016, y la mitad eran niños.
Los de Centroamérica si llegan a la frontera con USA son puestos en jaulas de alambre, como pollos esperando que los degollen, y allí son separados de sus niños, de los cuales hay hoy unos trescientos cuyos padres son desconocidos, o están desparecidos.
Si son africanos, mueren por millares en el mar, tratando de llegar a las costas de España o de Italia, de subir por las alambradas paredes que separan a Melilla de Marruecos, o las costas del África.
Los niños que no mueren son utilizados por las redes de traficantes para todos tipo de abusos, los menores son los laborales, la esclavitud de millares de niños en las plantaciones de aguacates, o mangos, o en el caso europeo de vegetales.
Las peores, las de índole sexual. Son millones los niños de Europa del Este utilizados para la prostitución infantil; millares las niñas que se trafican desde la India y se colocan en prostíbulos por edades, que llegan hasta la de los y las bebes, comprados y asesinados en el proceso del abuso sexual.
Es bestialidad contra retorica, abuso y muerte contra dogma, por eso todo aquel o aquella que pontifique desde las paginas de un periódico sobre el “crimen” que es abortar un feto con problemas genéticos tiene que poder demostrar que en su casa ha acogido y adoptado por lo menos un par de niños de la calle.
Y todos aquellos/as que hoy vociferan sobre los derechos de los animales, gatos y perros, también deben demostrar que tienen en su casa tres o cuatro niños a los cuales alimentan, visten, mandan a la escuela y dan cariño.
Lo demás, señores obispos, es un crimen, una irresponsabilidad dolorosamente incalificable.
Por. Chiqui Vicioso
luisavicioso21@gmail.com

