Opinión

 La sepultura de Jesús y la soledad de María

 La sepultura de Jesús y la soledad de María

La sepultura de Jesús es uno de los siete dolores  que atravesaron  a su madre desde el nacimiento de su divino hijo. Lo acompañó  al sepulcro y luego volvió  a convivir con las personas que le ocasionaron esos grandes dolores. Aquí termina la vida temporal de Jesús. Es llevado a la sepultura. Para María es también misión cumplida. Trajo a Jesús al mundo, lo cuidó, lo educó; ahora, muerto, lo recibe en su regazo y lo entrega a la tierra, al lugar de los muertos. María no sabía lo que iba a suceder después.

La separación definitiva de los restos del ser amado, en el momento de la sepultura, acrecienta el dolor de la muerte. María no fue la excepción. La inmensa soledad y el inmenso vacío de María, después de sepultado Jesús, ningún ser humano pudo haberlo aliviado.

  Como muchas madres de entonces y de hoy, al enterrar a su hijo, se despide de él para siempre. Lo hace sabiendo que no lo va a volver a ver, que el hijo de sus entrañas y al que tanto y tanto amó, queda ya sólo en el corazón y en el recuerdo. Es un adiós definitivo para ella. Por eso, precisamente, es el último de sus siete dolores.

Sin embargo, y aunque a María se le escapara en ese momento, no habrá ya más sufrimiento para ella por su Hijo Jesús, pues la alegría se haría desbordante al tener noticia de su santa resurrección del lugar de los muertos. La que parecía una clamorosa derrota de  Jesús, ya no lo es tal, y –más aún- se ha convertido en su gran victoria. Cristo asciende, victorioso, del abismo, reza el pregón pascual. Y una cosa más: Ahora vendrá la segunda parte de la misión de María, la que Dios nunca le reveló antes pero que su Hijo le encargó en la cruz: María acompañará los primeros pasos de la comunidad cristiana que  nace en la Pascua. Ella sigue siendo la madre de Jesús al ser, al mismo tiempo, la madre de la Iglesia y de cada uno de nosotros.

Que los dolores de nuestra Señora, la Virgen María nos ayuden  a encontrar el sentido de nuestro propio sufrimiento y a comprender con amor el sufrimiento de nuestro prójimo. Que, como fieles discípulos de Jesús, nos afanemos en la tarea de aliviar el sufrimiento de nuestro mundo y de nuestros hermanos.

El Nacional

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