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Las vidas que cambiaron en un año por la masacre escolar en Rio

Las vidas que cambiaron en un año por la masacre escolar en Rio

RIO DE JANEIRO, 5 Abr 2012 (AFP) – En un año la vida de Cristina Teles cambió drásticamente: dejó su empleo de costurera y no se aleja de Ellen, su hija de 10 años, sobreviviente de la masacre en una escuela de Rio de Janeiro, en la que murieron 12 niños en abril de 2011.

 «Tengo miedo, sólo los que pasamos por esto entenderían, siempre tendremos miedo», asegura esta mujer de 48 años, que ahora trabaja por cuenta propia.

Su hija estaba dentro de la escuela Tasso da Silveira cuando Wellington Menezes de Oliveira, un ex alumno de 24 años, ingresó en la mañana del 7 de abril y disparó a alumnos y profesores antes de suicidarse.

Doce muertos e igual número de heridos -sin contar al agresor- fue el saldo trágico de aquella mañana de calor que cambió la vida de Cristina y del resto de la comunidad de Realengo, un barrio popular en la zona oeste de Rio de Janeiro.

Pero poco a poco, Ellen va recuperando su vida: en el patio se le ve jugar con sus compañeras, con una amplia sonrisa y sus cabellos largos y negros moviéndose al ritmo de sus saltos.

Para su madre ha sido más duro. «Vengo todos los días por lo menos tres veces. En la mañana cuando la traigo, al mediodía para ver si está bien, si almorzó, y a la hora de la salida», cuenta a la AFP, mientras observa a su niña a través de la reja.

«Ella recibió tratamiento psicológico y le va bien. Quería regresar, yo le dije para inscribirla en un colegio privado y no quiso. ‘Mamá, ese hombre no va a acabar con mi sueño de estudiar’, me dijo», añade conmovida.

No muy lejos, bajo un árbol para cubrise del sol inclemente del mediodía, Julio Cesar Barros, de 45 años, espera a Andrea, su hija de 13 que también estuvo durante el ataque. «Todos los días vengo a buscarla, no quiero que se vaya sola», dice el padre a la AFP.

La ruinosa escuela donde ocurrió la masacre fue totalmente renovada y ahora se presenta como un impresionante edificio. Las risas y gritos del recreo también se cuelan entre los pasillos como un antídoto para el dolor de aquel día.

«Ha sido un año atípico, justo después del incidente comenzó una reforma física, al mismo tiempo que una reforma psicológica, solo que la física siempre es más rápida», comenta a la AFP el director de la escuela, Luis Marduck.

En el momento de los disparos, Marduck no estaba en el edificio. Había dejado temprano a su hijo de 14 años –otro de los sobrevivientes– y salió a una reunión de trabajo. «Dejé una escuela funcionando y regresé a un campo de posguerra», lamenta.

Un año después, Marduck se dice «sorprendido» con los resultados del apoyo psicológico y la actitud de los alumnos y profesores para seguir adelante. «No puedo decir que está todo normal, pero hemos demostrado que somos una comunidad unida, una familia», sigue.

Antes de la hora de salida, los alumnos hacen fila emocionados frente a un hombre disfrazado de conejo de Pascua que reparte chocolates, mientras otro grupo ensaya una coreografía con percusión.

Y entre el alboroto aparece el rostro melancólico de Vitoria de Ferreira Santos, de 13 años. Salió con vida el 7 de abril, pero no su primo, Igor Moraes da Silva, una de las 12 víctimas mortales de Menezes.

«Lo peor es que se me fue y no va a volver. Cómo olvidarlo, es inolvidable», dice a la AFP. «La familia está muy mal, tenemos mucho dolor», añade.

Olvidar la masacre es imposible, coinciden los vecinos en Realengo, pero seguir adelante es su meta.

Así, Teles toma su bicicleta y se retira por segunda vez ese día, esperando regresar para la hora de la salida de la clase de danza de Ellen, mientras Julio César Barros abraza a su hija en el portón de la escuela, toma su mochila y se la echa al hombro, para iniciar juntos su camino de regreso a casa.

 

El Nacional

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