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Lobo: triste cosecha

Lobo: triste cosecha

Julio Martínez Pozo

Qué hubiésemos conocido de Porfirio Lobo, si en esos vaivenes de una vida consagrada al trabajo agrícola y a la cátedra universitaria, no se le activa el gusanillo de la política, en la que asciende peldaño a peldaño hasta la presidencia de la República? Fuera de Honduras muy poco.

No se trata de un líder carismático, pero si de un ser humano bien intencionado y persistente, que como congresista y presidente del Congreso hizo méritos para ir por el cargo máximo, que para accederlo, tuvo que ganarlo dos veces porque a la primera oportunidad reunió el apoyo requerido pero fue saboteado por la cúpula de su propio partido, que por rencillas internas, le acomodaba más el triunfo de su contrario, Melito Zelaya, a quien apoyaron ralentizando el cómputo electoral y desviando la voluntad expresada en las urnas.

Llegó a las presidenciales del 2005 favorecido holgadamente por las encuestas, pero el conteo se hizo dilatar por más de un mes, hasta que él, colocando la estabilidad de su país por encima del deseo de convertirse en presidente, reconoció el confuso triunfo de su rival, faltando por contar un porcentaje determinante de votos.

Y ocurrió que los mismos que le atravesaron el camino de obstáculos, se arrepintieron de haber apostado por un conservador que terminó afiliado al bloque chavista, y buscaron la forma de desentenderse del engendro, propiciando su derrocamiento, para llamar de nuevo a la escena a Lobo Sosa, que ganó las presidenciales de 2010.

No hizo un gobierno que estuviera en correspondencia con lo que se esperaba de alguien que había batallado tanto por alcanzarlo, y terminó arrojando los mismos resultados frustrantes para los electores.

Con los golpes que ha recibido después de haber ejercido la presidencia debe estarse preguntando si valió la pena haberla alcanzado.

No bien acababa de desmontarse del cargo más poderoso, cuando pasó por el amargo momento de comprobar que a sus hijos ya no les bastaba con el acomodamiento que les proporcionaban los ingresos de la producción agropecuaria que ataba a la familia por varias generaciones.

Su hijo mayor, Fabio Lobo, había buscado el camino más tentador y rápido de levantar fortuna, aunque también el más riesgoso: el tráfico de cocaína, cosa en la que le iba viento en popa hasta que fue apresado en Haití y extraditado hacia los Estados Unidos, donde resultó condenado a veinticuatro años de cárcel y cinco de libertad condicional.

Luego el hijo que había permanecido en los negocios agropecuarios de la familia saltó a la palestra de forma muy negativa: una golpiza a una exnovia, y muerto por intoxicación alcohólica, a los 37 años.

A la primera dama también se le prendió el deseo de amasar fortuna, y al término del mandato de su esposo quedó acusada y condenada por fraude y apropiación indebida de fondos públicos.

Si faltaba otra tragedia acaba de producirse con el asesinato de Said Lobo Bonilla, hijo del expresidente y la ex primera dama, de apenas 23 años, ejecutado por un comando que las investigaciones iniciales asocian a las maras.

En su gobierno, Porfirio Lobo fue implacable contra el pandillerismo, al extremo de que esos grupos lo colocaron en lista negra, con la seria amenaza de poner su cabeza ensangrentada a rodar por los suelos.

Julio Martínez Pozo

Julio Martínez Pozo