Un reactor nuclear es una caldera donde se quema combustible (barras de Uranio). En dichas barras se da inicio a una cadena de reacciones nucleares que generan gran cantidad de calor.
En los reactores refrigerados por agua ligera, como los de Fukushima, ese calor es recogido por el agua que circula entre las barras del combustible; el agua hirviente pasa luego a un sistema donde se le extrae el vapor y éste es expandido hacia una turbina acoplada a un generador que produce la electricidad que va a las calles.
Pero la reacción nuclear debe ser controlada para que la potencia térmica no sobrepase la resistencia de la vasija del reactor y lo haga reventar, como sucedió en Chernóbil en abril de 1986.
Ese control se logra con la moderación de las reacciones mediante procesos físico-químicos y con la inserción parcial o total, dentro del núcleo, de barras especiales hechas de una aleación de materiales que absorben a los neutrones y detienen o disminuyen las reacciones.
Además, si el reactor es apagado abruptamente, como en Fukushima, horas después la temperatura interior seguirá elevadísima debido al calor que seguirá generando el incontrolable y masivo decaimiento radiactivo en el uranio.
Si la circulación del agua refrigerante se interrumpe desde el exterior, habrá un calor excesivo dentro del reactor que hará evaporar el agua y descubrir parcialmente el núcleo, provocando una subida brusca de la temperatura de las barras de combustible, que se hinchan, rompen el tubo y se funden. Material fundido, agua y gases inflamables, interactúan y provocan potentes explosiones químicas. Estos elementos contienen gran cantidad de radiactividad y su escape produce contaminación.
A este tipo de evento, en ingeniería nuclear se le denomina LOCA, por las siglas en inglés de Loss Coolant Accident.

