La República Dominicana, al igual que toda sociedad democrática moderna dominada por los partidismos tradicionales, tiene una masa independiente de votantes que definen los resultados en todas las elecciones. En nuestro país, los políticos reconocen la existencia e importancia de esos votantes independientes, sin embargo, estos apenas empiezan a reconocerse a sí mismos.
Como lamentablemente las encuestas en nuestro país ni siquiera se molestan en indagar que parte de la población votante se considera a sí misma independiente, el análisis debe realizarse partiendo del voto duro partidario frente a las fluctuaciones de votos de un partido a otro en cada elección, lo que resultaría en una oscilación de entre 25% y 30% de votantes no fieles o independientes, sin incluir abstenciones.
Si bien he sido muy crítico del 4% y sus proponentes, he quedado maravillado por su capacidad de movilizar a miles de personas ajenas a los partidos. La importancia que ha dado la oposición al asunto al tratar de caer en gracia con la causa, y la reverencia del mismo Presidente, que accedió a incrementar en 25% los ingresos pautados para Educación tratando de apaciguar la protesta, es fiel testamento al poder del voto independiente.
Con la deteriorada imagen de los partidos, y el hecho de que en el mediano plazo no se vislumbra un punto que revierta esa tendencia, las protestas como el 4% parecen indicar que ya hemos cruzado el punto sin retorno, donde la famosa masa silente parecerá no conformarse en delegar pura y simplemente en los partidos o liderazgos políticos el ejercicio de sus derechos, lo que en sí es una victoria para el proceso democrático dominicano.
Lo anterior, sin embargo, no significa que se produzca algún cambio sensible en la composición partidaria o electoral, sino más bien el nacimiento de una fuerza paralela. La ley electoral vigente, a mi juicio inconstitucional, es un obstáculo inmenso para el desarrollo de candidaturas independientes, y es de esperar que los partidos que controlan los poderes del Estado, se aseguren de bloquear cualquier intento judicial o legislativo tendente a poner fin a su monopolio sobre el control de las riendas públicas.
Esto, sumado a la ausencia de alternativas electorales moderadas y realistas, sólo va a servir para seguir impulsando a los votantes independientes a realizar sus reclamos de forma extra-electoral, asumiendo los vacíos dejados por la inoperante clase política.
A pesar de todo, la falta de cohesión y coherencia en estos movimientos que involucran votantes independientes es notoria, y es probable que futuros intentos de reeditar el éxito de las protestas por el 4% no tengan el mismo resultado ni el mismo apoyo, como ya ha ocurrido con reclamos como el de la Barrick Gold o el voto por ninguno.
Sin embargo, el mensaje es claro, el voto independiente es cada vez mayor y vocal, y si bien por el momento las condiciones no parecen dadas para la formación de una fuerza electoral palpable que le represente, es incuestionable que su impacto en el acontecer político tiende a fortalecerse, y en un país tan impredeciblemente impulsivo como éste, solo quedará echarnos hacia detrás y ver que pasa.

