RIO DE JANEIRO. AFP. Entre las coronas de flores enviadas para homenajear a los muertos en la masacre de la escuela Tasso de Silveira de Rio de Janeiro, enterrados el viernes en el cementerio Parque da Saudade, una tenía la inscripción «Príncipe de Carumbé», dedicada al niño Rafael Pereira da Silva, que como otros 11 compañeros tuvo sus sueños truncados por la brutal violencia.
Rafael tenía 14 años y el jueves perdió la vida de un tiro en la cabeza, como otros compañeros atacados por un ex alumno en la escuela pública donde estudiaban, en el barrio de Realengo, al oeste de Rio de Janeiro.
Carumbé es el nombre de la calle donde Rafael vivía, delante de la escuela.
«Era un niño muy bueno, lo pueden ver por la cantidad de gente que ha venido. Todos lo querían», dijo a la AFP el padrino del joven, Wagner Assis da Silva, de 38 años.
Bajo un sol implacable, cerca de cien personas acompañaron emocionadas el entierro de Rafael. Una pancarta reclamaba: «A los gobernantes, ¿hasta cuándo vamos a estar sin seguridad en las escuelas y en las calles?».
Familiares del niño lanzaron pétalos de rosas y aplaudieron en el último homenaje al joven que adoraba a la banda de rock Linkin Park.
El gran proyecto de Rafael era entrar en el progama del gobierno «Menor Aprendiz», que encamina jóvenes al mercado de trabajo. Según su padrino, le faltaba apenas presentar los documentos para comenzar a trabajar en un supermercado.
«Y todo acabó así, de esta manera horrible», se lamentó.
La cuestión que dejaba perplejos a familiares y vecinos fue qué razones podría tener Wellington Menezes de Oliveira, de 23 años, para disparar sin piedad sobre los jóvenes estudiantes indefensos.
«Rafael era un niño demasiado bueno», repetía llorando su vecina Marly Bonfim de Souza.
La alegría de Rafael no escondía un pasado difícil. Rechazado por sus padres biológicos, el joven fue criado por Catia Maria da Silva Pinto, de 34 años, a quien consideraba su verdadera madre.
Catia no tuvo fuerzas para acompañar el entierro y se quedó sentada en el lugar donde se realizó el velatorio. «Dios mío, devuélvanme a mi hijo», repetía Catia, desesperada.
«Su madre nunca quiso ocuparse de él, se lo dijo claramente», explicó Catia a la AFP. Y cuando se preparaba para dejar el cementerio, reveló cual fue el último sueño del joven.
«Su sueño era que lo registráramos legalmente como hijo, yo y mi marido. Pero nunca lo conseguimos, porque la justicia de Brasil tiene tantas fallas… Exigían que su madre biológica compareciera, y ella nunca lo quiso», afirmó.
Un jueves cualquiera, que había comenzado como otro día de aulas, el «Príncipe de Carumbé» tuvo su vida interrumpida, trágica y definitivamente, sin haber realizado ese deseo. «Murió sin tener un padre y una madre, sin cumplir su sueño», se desesperó la mujer que lo crió.
UN APUNTE
Jueves negro
Un jueves cualquiera, que había comenzado como otro día de aulas, el «Príncipe de Carumbé» tuvo su vida interrumpida, trágica y definitivamente, sin haber realizado ese deseo. «Murió sin tener un padre y una madre, sin cumplir su sueño», se desesperó la mujer que lo crió..

