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Mayobanex Vargas: Un cuerpo desnudo bien puede ser una voz, un sueño de grafito, un castigo. Incluso un delito, o un murmullo

Mayobanex Vargas: Un cuerpo desnudo bien puede ser una voz, un sueño de grafito, un castigo. Incluso un delito, o un murmullo

Una vez tocado por un ojo apasionado -dibujante y proclive al insomnio-, el cuerpo salva una planicie cóncava donde se resguarda el mundo, y halla en su plenitud; morada y extasío la fantasía, y el miedo de todo lo humano que le sirve de catapulta o entorno para justificar su inédita fiereza.

Ya descubierto en su flora impredecible e inabarcable, el cuerpo es otro en su misterio y profundidad. Y aquel impasible ermitaño que ha osado minar su aforo y exponer ante el delirio sus bordes -a puro dolor de encanto, habilidad, proximidad y esmerada vigilia-, ha de intuir que al hecho corresponderá una maldición eterna; la de fraguar el embeleso como estallido de lo oscuro, en la nada luminosa que el papel protagónico de la historia le ha cedido.

O acaso, la de oficiar la memoria de sus vacilaciones interiores, que presupondrá “ver la mirada” como piel de la rebelión, o inaudita reflexión del inconsciente. Cuando no, ditirambo en fuego de los sentidos.

La estilográfica maravillada de Mayobanex Vargas (1961), insiste en la fiebre del cuerpo  y en el antiguo anhelo del espíritu. Compendia un arcoiris de conceptos y visiones que presupone el escarceo en tránsito de una pasión y devoción auténticas, que sin reparar en su desborde atávico, intenta transformar su muy planificada –centrada-, y trabajada arritmia figurativa, en una poco sutil, pero evocadora y convocante iconoclasia escénica.

Esto explica “la portentosa fragilidad” de las líneas espejeantes que hacen un solo conjunto de la multivocidad de un universo tridimensional, compuesto por mundos y reflejos, aparentemente contrapuestos y extraños.

Es decir; planos que juegan a la multiplicación de un mismo cuerpo proyectado en su más ansiado sino. Bosquejos desmemoriados de una sinuosidad colorida y madrugante, donde la naturaleza –desnuda de azares y ruidosos artificios-, se enfrenta a la incertidumbre de un espacio atomizado y gregario.

Allí, el mundo marino encuentra su piedra de toque en las menudas significancias de la cotidianidad. Los aperos domésticos y culinarios se forjan como rombos y andamiajes irrevocables; disolutos e imprescindibles, equizoides y mediatizados por un caos cuyo trasfondo aparece justificado por un Eros atormentado frente al deleite, por no disponer de las estrategias que harían posible sentir a la realidad como una planicie secreta y sin libertad, siempre ajena a su propio devaneo y fascinación.

Objetos de la intimidad que queremos llamar “factuales”, por la facilidad de su desciframiento alegórico, la simpleza de sus enmarañamientos surrealistas (e hiperrealistas) y la fiereza de sus ambigüedades polifónicas –Vestidos de muselina, sábanas de seda, caracoles luminosos, pájaros traviesos y coloridos,  decidores o transparentes, cuadros en habitaciones sin almas, pero con el ánima apetecible que hace de los cuerpos un manjar idóneo para la derrota o la sumisión-, más la influencia del Existencialismo, con todo su entramado sicótico, filosófico y paranormal, se muestran ateridos a la utopía descarnada de un inframundo nada inocente, sin estelas de redención, pero sí, con ánimo de escape. Imbuido por los abismos nada deleznables del gozo, la fijeza de lo etéreo y la melancolía.

Un mundo por decir diciendo, nos expone con talento Mayobanex Vargas, artista de la camada ochentista, considerado por algunos como el gran gurú del dibujo dominicano contemporáneo.

Vargas cuenta con más de 25 años de trayectoria exitosa. Sus múltiples premios y distinciones, testimonian la labor ininterrumpida de un artista virtuoso, valiente y polivante, capaz de sugerir nuevas exploraciones a través de su ojo escrutador, prodigo en propuestas e inéditas revelaciones.

El Nacional

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