Benito Mussolini era brutal en muchos sentidos. También en la cama. Lo deja bien claro su principal amante, Clara Petacci, en los diarios que escribió en los años treinta, contando con todo detalle sus encuentros sexuales con el Duce. Morbosas manías e intimidades que se publican ahora en España.
Si hubiese podido, hoy te habría penetrado con el caballo». El zoofílico piropo corresponde a la llamada de la una del mediodía del 26 de febrero de 1938, la primera de la docena que casi con puntualidad suiza realiza a cada hora y cada día sin falta desde hace casi dos años el dictador Benito Mussolini a su joven amante Clara Petacci, así Hitler haya iniciado el Anschluss, así las legiones italianas hayan entrado victoriosas en Tortosa en plena Guerra Civil Española. Y pobre de él si no lo hace.
Enésima amante del Duce -«he llegado a tener 14 y a acostarme con cuatro cada noche», le confesará con pocos visos de exagerar-, parece que le tiene bien pillado.
Se ha esforzado: a sus 13 años «ya te había ofrecido mi vida entera», le escribe mucho después Claretta, que pidió entonces a sus padres que la llevaran a un discurso del inflamado orador.
Fotografías, recortes de prensa cual fan… Ahora, casi una década después, el azar se lo ha puesto fácil para marcar al líder de sus sueños: la hija del médico del papa Pío XI no tiene más que asomarse a la ventana para divisar la parte de atrás de los jardines del palacio Venezia de Roma, donde reside su caballero ideal.
«Estás guapísimo, bronceado, viril, sobre el caballo blanco». «Eres impulsivo, bestial. Un perro, un gato, un mandril»
«Hacer el amor vivifica las ideas, ayuda al cerebro; me gustaría saltar desde aquí sobre tu cama como un tigre»
Hipercelosa con fundamento, Petacci es, a sus 22 años, además, grafómana. Y por ello puede seguirse al detalle el pensamiento más íntimo y, claro, las manías sexuales del dictador entre 1932 y 1938, el periodo que comprenden los minuciosos diarios de la joven, Mussolini secreto (Crítica), publicados ahora en España.
La «ricitos» -así la bautizaron sus competidoras- no lo tenía fácil para quedar como «la única del harén», como le elogió el siempre embustero Mussolini. Había quedado seducida por un hombre muy fuerte ya desde niño, que «crecía como una planta salvaje, haciendo llorar mucho a mi madre», según confesión de cama tras uno de los agitados y extenuantes coitos habituales.
Mussolini ama a lo bestia, pertrechado con viriles creencias que le expone por teléfono o en directo: «El sexo es la primera expresión del organismo». «Hacer el amor vivifica las ideas, ayuda al cerebro; me gustaría saltar desde aquí sobre tu cama como un tigre».
Y se identifica con el coito del toro: «Magnífico, grandioso; en pocos segundos ha terminado; en el momento culminante es terrible, inmediatamente después está calmado y se retira melancólico; la vaca se mantiene inmóvil, tranquila».
Es fácil seguir sus proezas: Petacci subraya la fecha del dietario o pone un sí en las entradas cuando culminan sus relaciones.
El primer contacto completo es fruto de la euforia: el 6 de mayo de 1936, Mussolini conquista Etiopía y proclama el imperio; a las pocas semanas, se estrena con su joven amante, que, a base de insistencia, cartas aduladoras y visitas de 15 minutos, ha conseguido hacerse un hueco en la agenda y en la cabeza del dictador.
El guión de los encuentros pasa, tras el sinfín de llamadas diarias, por una cita en la trastienda del inmenso palacio Venezia a media tarde.
Arrullada a los pies de un Duce cansado y que lee la prensa, escucha la radio o que ultima un discurso («arrodíllate, adora a tu gigante que te ama»), acaban acostándose juntos, haciendo el amor «arrebatado»: «Hacemos el amor y grita como un animal herido»; «lo hacemos con violencia».
Inmediatamente, el león dormita; ella le vela. Al poco, se despierta y come algo («Hacemos el amor con entusiasmo y brío… Luego se levanta y come la fruta como un salvaje»).
La mayoría de las veces hay sesión doble. «No quiero hacer el amor una vez a la semana como los buenos palurdos; te he acostumbrado y me he acostumbrado a un amor frecuente y espero que no quieras cambiarlo», le avisa al poco de consolidar las relaciones, en octubre de 1937.
La virulencia no es un accidente o un juego de un día. Mussolini le cuenta a su joven compañera que a su esposa la desvirgó sobre una butaca «con mi violencia habitual», brutalidad que la joven Petacci ya conoce: mordiscos de los que dejan señal en el hombro, o casi una nariz rota en el vaivén sexual. «Pierdo el control: si no fuese así, los nuestros serían coitos maritales, aburridos».
Ella parece encajarlo bien: «Lo hacemos con tanta fuerza, que hasta me duele de la alegría», anota tras un largo encuentro en mayo de 1938.
(Reproducido del libro
Mussolini secreto , los diarios de Claretta Petacci)te a la venta.

