Estábamos, todos, en procura de la agenda de la Cumbre de Presidentes de las Américas, realizada en Miami, a finales del año 1994, si mal no recuerdo. Participaron mandatarios del continente, entre ellos el presidente Joaquín Balaguer (fue la última cumbre a la que asistió como jefe de Estado).
Durante el evento, tuvimos oportunidad de saludarnos y comentar algunas ponencias, la de Balaguer entre ellas.
Recuerdo que Leonel, quien se mantenía, en todo momento en compañía de Vargas, se refirió al discurso del entonces presidente Joaquín Balaguer con entusiasmo, calificándolo de pieza magistral, digna de un gran estadista.
Dijo admirar a Balaguer, a pesar de estar en desacuerdo con el caudillo reformista. No sé si era sincero o sólo lo decía para agradarme, pues supongo que conocía mis simpatías y militancia reformista.
El tiempo se ha encargado de explicar tan inusual admiración a un adversario político.
Después de esos encuentros, no he vuelto a conversar con Leonel Fernández, a excepción de un libro que le entregué en su primer período como presidente, por encargo del jefe de Estadística Oficial, de China, con quien me entrevisté, en 1997 en Beijing.
Pasado el tiempo, me explico la inquietud deportada por aquél joven candidato del PLD, hace diecisiete años.
Tiene que ver más con las coincidencias generacionales, de las que habla Ralph Waldo Emerson, en Hombres Representativos. Referidas, acaso, en el emotivo canto de Ana Belén, inspirado en José Martí:
Yo también nací en el ’53
y jamás le tuve miedo a vivir.
Me subí de un salto en el primer tren
hay que ver en todo he sido aprendiz.
No me pesa lo vivido, me mata la estupidez
de enterrar un fin de siglo
distinto del que soñé.

