Eronía Figueredo todavía no sabe si su hija, Dayana Hernández, de 13 años, realmente la entiende. Pero no pierde la esperanza.
A veces creo que no me entiende nada, pero no estoy segura, cuando me siento a su lado se me arrima y me abraza en silencio, además, cuando tiene hambre mueve la boca, dice de Dayana que, según recuerda, empezó a retroceder en su desarrollo después que cumplió los dos años y le diagnosticaron parálisis cerebral. Desde entonces tampoco volvió a caminar.
Figueredo, de 57 años, es el único apoyo de la niña. Su padre no sabe que ella existe.
Cuando lo dejé porque me di cuenta que era una persona que no me convenía, no sabía que estaba embarazada; luego nunca lo quise buscar, dice la madre, que vino a Miami de República Dominicana hace más de 20 años.
Pero la situación para ella se ha vuelto cada vez más difícil en los últimos años. Figueredo, quien tiene experiencia como ayudante de cocina y en el mantenimiento de la limpieza en hoteles y restaurantes no puede encontrar un trabajo fijo.
En los hoteles me llaman para ayudar en la cocina: corto las frutas, ayudo a hornear pizzas, asisto en repostería o pongo los platos en las mesas; además saben que preparo bien el arroz con gandules y me llaman cuando se trata de comidas típicas, describe.
Tengo trabajo una semana y las otras tres no, dice.
La Agency For Persons With Disabilities, que ayuda a orientarla, eligió a Figueredo y a su hija como una de las familias más necesitadas.
La niña recibe $674 mensuales más cupones de alimentos; también la madre recibe compensación por desempleo.
Cuando trabajo tengo que ahorrar para pagar el alquiler, cuenta. Las dos viven en un apartamento de una habitación en Miami Beach.
