PUERTO PRINCIPE. Dos vidas parecen existir en esta capital. Una en la que los haitianos se ven actuar con normalidad, pese al terremoto del martes de la semana pasada y la otra en la que se buscan medios de subsistencia de miles de familias alojadas en refugios y calles de esta ciudad.
Los vendedores ambulantes laboran normalmente y se observan las tradicionales ventas de frituras. Los religiosos que trajeados van a predicar la palabra de Dios y colgados los pasajeros de las tata, camiones o guaguas del transporte.
En esos otros sectores de Puerto Príncipe los niños juegan como si nada hubiese cambiado la vida de este país tras la tragedia del pasado doce de enero cuando el sismo de 7,3 grados en la escala de Richter destruyó edificios, empresas, casas y apartamentos.
Los más golpeados por la naturaleza fueron los lugares donde residen familias acomodadas, de clase media o ricos.
Están cerrados aún las tiendas y negocios con música y sólo una emisora de radio se mantiene en el aire. La televisión haitiana no puede transmitir porque también esos medios sufrieron el derribo de sus instalaciones.
En una esquina de Puerto Príncipe, tres mujeres aprovechan el agua de una empresa distribuidora del líquido para bañarse. Estaban totalmente desnudas, pero nada parecía importarle.
En el otro lado estaba una parada de autobuses que llevaría pasajeros para Artibonito.
Mientras en el otro lado de la catástrofe había gente haciendo sus necesidades fisiológicas en las calles, ante la mirada asombrada de socorristas y transeúntes que pensábamos en el daño ambiental y de salud que esto causará.
En ese lado, parecido a una zona de guerra hay personas buscando aún entre los escombros tratando de localizar familiares sepultados por las construcciones principalmente en cemento.
Los más leídos de aquí ven con preocupación que los colegios y escuelas permanecen cerrados y recuerdan cómo un terremoto afectó esta ciudad en junio de 1770 y el otro de mayo de 1842 que dicen que mató a más de diez mil personas en Cabo Haitiano.
Durante un recorrido por las calles de Puerto Príncipe está pendiente una gran desorientación y una especie de cansancio colectivo que se alcanza a ver en el rostro de los residentes de esta capital.
De las cosas que se ven estuvo una en que un socorrista dominicano trata, en los alrededores de la zona franca, de entenderse con un niñito con mano derecha vendada debido a las heridas.
¿Tienes hambre? Insistía el joven y el niño repetía en creole que tenía hambre, pasado un momento el joven terminó invitando al pequeño a pasar a las cocinas móviles de los Comedores económicos instalados en la zona franca donde reparte comida.
En ese lugar había filas de haitianos esperando por los alimentos.

