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Política y corrupción Personificación del Poder distorsiona al ser

Política y corrupción Personificación del Poder distorsiona al ser

De pronto un hombre, animal político, descubre que vive en un país en el que abundan los simulacros y la realidad se distorsiona como ocurre  con la luz  en el cielo y el tiempo universal.

Acto continuo, ese hombre, que sueña el poder, ve desorbitadas todas las esferas que gobiernan la deplorable institucionalidad de su país.

Comienza a actuar en consecuencia con esa visión distorsionada, sin dejar de aspirar a elevarse  (o rebajarse) ante el poder factual que lo gobierna todo.

La factualidad opera desde sonoras embajadas a ritmo de intervenciones sutiles, cuando no directas, a través de pronunciamientos dramáticos, a través de cables diplomáticos, entra otras virtualidades que no suelen emerger al debate continuo.

Las personalidades pueden ser maleadas, y lo son en algún momento,  la sincerización puede anotarse como pecado, la búsqueda de la verdad se hace brumosa y lejana.

Ante ese monumento caótico que no se muestra en su severa monstruosidad, ante el cual se han estrellado los honestos que quisieron hacer avanzar en el pasado el pesado carruaje de la dignidad, toma la decisión de su vida.

Va a pactar, es decir, a negociar, se va a transar y luego, finalmente, echará por la borda sus discursos opositores del ayer.

Se va a envolver en el torbellino y va a obrar como aquél rey que descendió a la locura y los gustos de su pueblo que, sin poderlo evitar y sin saberlo, había enloquecido por haber ingerido una agua envenenada.

Decide entonces congregar emociones y las encuentra a raudales, esperando, como él, el momento de ejercer aún sea en una pequeña porción o en una ínsula perdida entre las madrugadas vertiginosas y las esperanzas por centurias fallidas (del pueblo).

Ve claramente que ese poder se ejerce por cooptación,  que el “proceso democrático” es una fricción, la idea de mejorar la vida de millones de almas una utopía y las ambiciones de las clases medias antes “de izquierda”, un espacio vacío llamado estómago en espera de la primera  oportunidad para ser llenado.

En medio del paroxismo general de la gente que espera verlo en el ejercicio pleno de las facultades de mandar recuerda el juicio del filósofo teutónico que declara, sin adornos innecesarios:

“todo poder es una conspiración permanente”.

Entonces decide conspirar contra sus propios sueños juveniles y se dedica a lo que se dedicaron otros gobernantes del montón.

Se hace sentir en el torrente de los ofrecimientos habituales, de las realizaciones que comprenden un alto por ciento de rendimiento, del enorme ejercicio propagandístico, del culto al yo, de la votadera de golpes en el exterior, de las poses efectivas y rudimentarias, del empleo más que generoso de de los recursos del erario, de la toma de préstamos sin tasa y de todo lo que conforma una estela infinita de infracciones éticas, como querían muchos, como deseaba una sociedad a la que nunca importó sobremanera la, a gritos, denunciada alta corrupción.

De ese modo el hombre soñador se transforma, realiza su alta reingeniería que se puede blindar con más y más propaganda dada al mejor postor.

UN APUNTE

Capacidad de corromper

El hombre sobredimensionado ejerce el poder como instrumento para elevar el “yo” y su discurso para embaucar a los incautos y “fortaleza del sistema democrático”, pero en el fondo de su pensamiento esa es una utopía, pero influye para corromper  a los ambicionistas  “pensadores” y

“conceptualizadores”.

El Nacional

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