El mundo ya está sintiendo los tormentos que genera el alza sostenida en los precios internacionales de los alimentos. Y la República Dominicana, por razones obvias, no escapa a esa preocupante realidad.
Dominique Strauss-Kahn, director gerente del Fondo Monetario Internacional (FMI), ha señalado que tanto las alzas de los alimentos como del petróleo ejercerán en el 2011 fuertes presiones sobre las balanzas de pagos de numerosos países subdesarrollados.
Robert Zoellick, presidente del Banco Mundial (BM), sostiene que el principal desafío que encaran la mayoría de los países en desarrollo es el riesgo de un gran aumento del precio de los alimentos, pues los alimentos representan una gran proporción, cada vez más inestable del presupuesto de las familias pobres y urbanas.
Las frutas y los vegetales en países tropicales como la República Dominicana no padecen las inclemencias del crudo invierno que azota a Europa y Estados Unidos, entre otras zonas geográficas del planeta, pero suelen sufrir los tormentos de la sequía y las inundaciones.
Cuando desaparezca el crudo invierno y los resultados catastróficos de las cosechas se pongan en evidencia, entonces los países subdesarrollados que dependen de las importaciones de alimentos y materias primas agropecuarias sentirán con más fuerza el impacto de la adversidad climatológica. No se trata de pesimismo, sino de realismo.
Lo dicho precedentemente constituye una realidad que no debe escapar al manejo responsable de los economistas y políticos a la hora de sostener discursos con fines electorales. Pensemos en el escenario dominicano.
¿Cuáles instrumentos de políticas monetaria y fiscal deberían implementarse para amortiguar el impacto de la tendencia alcista en los precios de los alimentos, evitándose de ese modo que el incremento en la tasa de inflación desborde las posibilidades presupuestales del Gobierno y de los consumidores privados?
El movimiento en las tasas de interés, los subsidios a los precios de alimentos y las importaciones puntuales de determinados rubros podrían ser implementados, pero el menú de herramientas podría presentar aún más variedad.
Existen realidades fiscales y monetarias nacionales que mantienen la estabilidad macroeconómica, a pesar de las presiones externas sobre el desempeño de la producción y el comercio.
Piénsese en la estabilidad relativa del tipo de cambio y los controles en los niveles de inflación, lo que se expresa en un movimiento programado de la masa monetaria que circula por el torrente financiero nacional.
Tampoco se puede negar la presencia de movimientos especulativos tanto en la producción como en la distribución de los alimentos vendidos a los consumidores.
Pero lo cierto es que el alza en los precios internacionales de los alimentos está ejerciendo presiones sobre los presupuestos y los índices inflacionarios de los países que dependen mucho de las importaciones de materias primas e insumos destinadas a la producción de bienes agropecuarios.

