Hay que cuidarse de rendir culto al fundamentalismo del mercado, marginando hasta más no lograr la participación activa del Estado en las determinaciones económicas. El inglés Adam Smith (1723-1790), quien fuera forjador de la ciencia económica de finales del siglo 18, otorgó al mercado un papel fundamental.
Toda la filosofía económica de Smith refleja una confianza absoluta en las capacidades del mercado para armonizar, en todo momento y lugar, la vida de los hombres, sus esfuerzos y sus necesidades.
Según el autor de la obra clásica El riqueza de las naciones (1776) el juego natural de la oferta y la demanda en el mercado libra fija el nivel natural de los precios, puesto que la gran mayoría de la sociedad consiste en que el individuo no piensa que en su propio beneficio es conducido por la «mano invisible» a cumplir una finalidad que, de ningún modo, está en sus intenciones.
Y es que al decir de la doctrina filosófica que guió los postulados del liberalismo económico sustentado por el inglés Adam Smith la llamada «mano invisible» del mercado hace que todos los individuos cooperen mutuamente para realizar el bienestar común sin coerciones de ninguna especie.
Jeffrey Sachs, reconocido economista norteamericano, cuestiona la credibilidad científica del libre mercado, al extremo de considerarlo como una mentira, una falacia, tal como lo expresa en su reciente obra El precio de la civilización (2012) al sostener que los mercados libres no son capaces de asegurar por sí mismos la eficiencia de la economía.
Téngase en cuenta que durante los años noventa del pasado siglo estaban de moda los postulados doctrinarios neoliberales, considerados como herederos del pensamiento económico de Adam Smith. Y esos economistas juraron defender a capa y espada el culto al mercado y su oposición a toda participación del Estado en la regulación de la economía.
Exaltaban la omnipresencia de la mano invisible en la fijación de los precios internos y se colocaban por encima del simple mortal. Se consideraban infalibles, es decir, que nunca se equivocaban. Pero es obvio que detrás de la opinión de un economista siempre está subyacente la identificación con determinados intereses económico-políticos que se expresan a través de planteamientos ideológicos.
Ellos apuestan al achicamiento y automarginación del Estado en todo lo que implique regulación efectiva sobre los actores económicos privados, pues sostienen que las acciones del gobierno no hacen más que controlar y afectar a la individualidad.
Semejantes argumentos han sido puestos en cuestionamiento ante la realidad de los hechos que se han desatado en la economía mundial tras el estallido de una profunda e intensa crisis financiera que se inició por la economía estadounidense.
El Fondo Monetario Internacional (FMI), una institución libre de toda sospecha desestabilizadora del actual orden económico internacional, reconoce como correcta la intervención del Estado en tiempo de crisis económica. Pero hay que ir más lejos: lo correcto sería concebir políticas públicas donde se conjuguen Estado con mercado.
Se hace necesario un discurso que auspicie la adopción de políticas públicas donde la iniciativa del mercado se conjugue con la acción efectiva del Estado en la búsqueda de soluciones que propendan al mejoramiento de la calidad de vida de la población.

