El gobierno de Danilo Medina no ha llegado a los cien días y da la impresión de estar envejeciendo de manera prematura y acelerada, estimulado por la situación económica, rechazo a reforma fiscal y actitud levantisca contra su antecesor, con una carga negativa endosada al presidente.
Las expectativas positivas hacia Medina parecen diluirse, no se le ha dado el período de tregua tradicional, de aposentarse en el Palacio Nacional, tomar control administrativo del Estado y comenzar ejecutorias que espera la población ávida de cambios reales.
La gestión de Medina para cumplir su promesa de hacer lo que nunca se ha hecho debe definir relaciones con el Partido de la Liberación (PLD) y con la pasada administración del presidente Leonel Fernández, líder partidista.
El nuevo mandatario no puede desvincularse de la entidad que le sustenta políticamente y llamada a respaldarle, no así de la anterior gestión de virtudes y defectos que en estos momentos estimulan protestas e indignación contra Fernández por la reforma fiscal. Medina no puede arreglar lo que está mal, referido al pasado, sin tocar el gobierno de Fernández y provocar de cualquier modo fricciones y encontronazos entre grupos de poder a lo interno del PLD por el control de estructuras gubernamentales y enclaves económicos.
El llamado hoyo fiscal es apenas la punta del témpano de hielo de dificultades, pues falta otro más controversial aún como el del sector energético, con deudas acumuladas millonarias con negociantes generadores y contratos leoninos, lesivos al interés nacional, lejos de ser revisados.
El impacto negativo de la reforma fiscal y secuela inflacionaria debe compensarse al inicio de año por Medina, quien necesita decisiones y acciones contundentes que expresen al pueblo que habrá cambio real en la conducción de los destinos nacionales y no más de lo mismo.

