En un giro predecible, la campaña electoral 2012 ha degenerado en un intercambio de denuncias. La ausencia de diferencias ideológicas entre los partidos, sumada a la falta de debates públicos entre los candidatos y las campañas excesivamente prolongadas, conllevan a que los discursos propositivos se agoten o se tornen repetitivos, obligando a apostar por las denuncias, con la esperanza de provocar shocks en las intenciones del electorado, muy necesarios en los tramos finales. Es poco probable que prospere alguna de esas denuncias, y solo sirven para tensar a un electorado que hace mucho maduró y aspiraba a que sus políticos también lo hicieran.
Las dos denuncias que han ocupado el centro de la tiradera mutua de basura son, por un lado, las relativas a presuntos actos de corrupción del senador Félix Bautista tanto en el país como en Haití, y, por el otro, la supuesta participación del exmilitar Pepe Goico en una trama para desestabilizar al gobierno de Haití. Curiosamente, ni Félix Bautista ni Pepe Goico son candidatos a la Presidencia, solo son usados descaradamente como cola para pisar por asociación.
La denuncia contra el senador se apoya de manera central en el vilipendio morboso de las riquezas ajenas, aprovechando la percepción pública local, que les ha asignado una presunción de mal haber. Lo que pudiera considerarse como evidencia de actos punibles, es cuestionable en el mejor de los casos, y difícilmente sostenible en juicio real ante un tribunal imparcial. Esto, más que un expediente de corrupción, es un show lamentable, batiendo hasta el cansancio una riqueza, enarbolando cuestionantes de dudosa validez, y dejar al público para llenar los espacios en blanco. Si, en efecto, hubo malversación de fondos del Estado, yo reclamaría su castigo, pero creo en la presunción de inocencia y aquí hay de todo menos evidencias.
Por su lado, la denuncia contra Pepe Goico es una movida sorpresivamente amateur por parte de quienes han sido más medidos y calculadores en la comunicación. Aún si existe una conspiración en el país para derrocar al presidente de Haití, lo que dudo, destaparse con un caso a medias contra un colaborador cercano al candidato de la oposición en medio de una campaña electoral, no solo ensucia toda investigación futura al ser percibida como chisme de elecciones, sino que imposibilita cualquier acción de la justicia a futuro, ya que sería percibida como persecución política que ningún Gobierno en nuestro país desearía asumir en perjuicio de su propia imagen. Y ni hablar de darle matices internacionales a un chisme electoral involucrando al embajador de Haití, al canciller y al procurador general. Eso es imperdonable. Los ojos del mundo y miles de millones de dólares en ayuda están, enfocados en la vecina nación. Este tipo de bajezas no son bienvenido en esa coyuntura.
Lo triste de estas denuncias es que, por fin, Haití es tema en nuestras campañas electorales como siempre ha debido serlo. Lamentablemente, por razones equivocadas. Nuestros partidos, nuestros candidatos, son la mayor evidencia de que, al final, no vamos para ninguna parte.

