Cuando el PLD llegó al poder un mundo de esperanza se abrió para el pueblo dominicano que lo escuchó decir durante 23 años que era un partido diferente, con valores y principios que no le impediría repetir las acciones del Partido Reformista y el Partido Revolucionario Dominicano. “Nosotros vamos al partido para servir al pueblo”, era la consigna que vanamente, como un acto de cinismo, aún se mantiene en la bandera de esa organización. (Van al Partido para servirse del infeliz pueblo).
Su otrora líder prometió que ningún dirigente se haría rico desde el poder, que nadie sería capaz de robarse un peso. (¡Se robaron millones!). El Partido de la Liberación Dominicana, que predicaba el marxismo, que estudiaba la historia del país y universal para entender los fenómenos sociales, el que criticó mil veces la corrupción, el que hizo un Álbum de la Corrupción, el que aseguró que el doctor Balaguer había hecho 50 nuevos millonarios; el partido que llamó al pueblo a luchar para llevar a Balaguer “a su propia legalidad” porque violaba sus propias leyes; el partido de la consigna, “¡que se vaya ya!”, el de los mítines, las protestas callejeras y las huelgas; el partido de militantes humildes, con pantalones viejos y desteñidos de tantas lavadas, que salían a las calles a vender su periódico “Vanguardia del Pueblo”, cenizos del sol y hasta del hambre, que rifaba carros soviéticos, abanicos y demás electrodomésticos, solidarios compartiendo el mismo cigarrillo, que usaban la “ruta A y la B” para ir y regresar de la Universidad Autónoma de Santo Domingo donde almorzaban gratuitamente. Entonces todos eran pobres, clase media baja y muy baja. Vivían en los barrios marginados, en los campos más alejados. Los bolsillos vacíos, sin tarjetas de crédito, sin empleo, sin cuenta corriente; “sin ni uno”. (Daban pena los muchachos del PLD con su periódico debajo del brazo).
Los jóvenes del PLD, dirigidos por el viejo profesor, eran la salvación de los pobres. Hasta que se presentó una coyuntura que, tras un pacto reaccionario, derechista, rastrero y racista, como en los mejores tiempos del apartheid, llegó al poder. Lo primero que hizo fue borrar de un plumazo las enseñanzas de Juan Bosch. Leonel Fernández, a la sazón presidente, acogió las enseñanzas del viejo zorro Joaquín Balaguer, y, no conforme con eso, convirtió a Vincho Castillo en su líder y guía espiritual.
La historia es reciente. Todos la conocemos. La vivimos, como dice la canción, “en carne viva”. El PLD se transformó de la noche a la mañana. Una metamorfosis inverosímil se produjo en sus dirigentes que comenzaron a acumular grandes capitales hasta convertirse en los “señores del dinero”. Se corrompieron estrambóticamente.

