Desde mayo de este año, la crisis mundial comenzó apretar los bolsillos de la clase media de los países desarrollados. Imagínese la suerte que nos tocó a los habitantes de este pedazo de isla colocado en el mismo trayecto del sol, parafraseando al maestro Pedro Mir.
Este acelerado paso hacia la pobreza motivó que la clase media española se lanzara a las calles de Madrid la tarde del histórico 15 de mayo de este año, para reclamar el derecho a vivir con dignidad.
Mientras de este lado del viejo continente, se le bautizó como movimiento de los indignados, en Europa aumentaban las protestas en demanda de cambios significativos en los modelos económicos vigentes.
Tras el paso de los meses y breves pausas, en las últimas semanas, el movimiento de los indignados renació como una fuerza global, que este domingo tocó la capital dominicana.
Así como se ha globalizado la corrupción, la especulación con los precios de los alimentos y los combustibles, también lo está haciendo esta iniciativa ciudadana.
La clase media dominicana debiera vivir indignada los 524 mil 600 minutos de cada año, ya que cada día se reducen los espacios para vivir con honestidad, educar a los hijos en valores, y peor aún, la llama de la esperanza se apaga en la medida que la lluvia de la politiquería humedece la tea.
No estamos ante un movimiento coyuntural, sino ante la punta del iceberg de una previsible nueva oleada de movilizaciones que podrían estremecer el actual modelo económico especulativo.
La clase media dominicana debe aprovechar esta coyuntura mundial para presionar los cambios que implican una mejoría en las condiciones de vida de la población. Los paraguas amarillos surtieron sus efectos en relación al 4% para Educación. Ahora vamos por lo económico.
El domingo hubo gente de todas las raleas políticas en actitud de indignación, y lograr eso en esta coyuntura es más que suficiente para decir que no todo está perdido y que la pelea se puede echar.
