Mayor General, E.N. (DEM)
Te darás cuenta que puedes pasar
buenos momentos con tu mejor amigo
haciendo cualquier cosa o simplemente
nada, sólo por el placer de disfrutar
su compañía.
W. Shakespeare.-
Que nadie me quiera y que nadie me conozca, que nadie se preocupe de mi triste destino. Quiero ser incansable y eterno peregrino que camina sin rumbo porque nadie lo espera. Caminar mundo adentro solo con mis dolores, nómada, sin amor, sin amigos . Esto quiero, es la vía más fácil para no sufrir por nadie en este mundo. Y que nadie me venga con vacuos argumentos, con necias teorías, porque el que diga lo contrario nunca ha querido a un amigo ni sufrido su pérdida. Hay que ser descarnado, sin sentimientos -no tanto como determinados políticos- para tratar de evadir el dolor inmenso que taladra, desde lo más profundo del alma, partiendo sin misericordia el corazón de aquél que sabe valorar un amigo.
Tengo el inmenso privilegio, y a la vez el honor de proclamar a los cuatro vientos, que en el pequeño círculo formado por mis amigos los lugares cimeros son ocupados -en su mayoría- por aquellos que han sido mis jefes. Constituyen ellos un grupo selecto a los cuales respeto y admiro pero, que a la vez, por cuestión generacional sufro sus naturales achaques y cuando uno de ellos, tomándose atribuciones que no le he conferido, decide partir hacia lo desconocido, dejándose enamorar de la muerte, por igual se lleva un pedazo de mí, dejando un vacío que no se puede llenar y que va minando las ganas de vivir, al ésta ir perdiendo sentido o razón de ser. Caramba, cuánto duele la partida imprevista de un amigo.
Nadie se pertenece a sí mismo, sentencio Lucio Anneo Séneca. Somos un aliento que olvida, somos carne que se deja embriagar de los placeres vanos dejando de lado nuestra condición mortal que nos da de frente llegado el momento de nuestra cita inaplazable con el fin de la existencia y, aunque no hay que inquietarse ante la implacable presencia de la calavera, su presencia ante el rostro de un amigo es peor que nuestra propia muerte, la cual muchas veces ni cuenta nos damos de su arribo. Todo esto lo escribo para que se sepa que estoy de luto, pues ha muerto un amigo.
Nos ha tocado vivir una época donde se establece una heterogénea autonomía, si se quiere moral, donde cada quien dispone su espíritu para aceptar y valorar a las personas, dando por resultado verse arrastrado por el destino con el sufrimiento y la amargura de presenciar la partida de un ser que ha sido categorizado en la escala más alta en que se puede concebir el cariño, la amistad y el respeto. Ha muerto un hombre, un militar cabal, un empresario, un buen padre y un excelente amigo. Por eso estoy de luto y dudo si el Sol brilla o son mis ojos que se niegan a ver su luz. Una lágrima brota, además de amarga, rebelde, que ahoga, delata mi sentir. ¡Carajo!, ha muerto un hombre bueno, un inmenso amigo.
Una inmensa mayoría de seres humanos se queja de que existamos para morir en corto tiempo y que la vida corre con una velocidad tal que vienen a ser muy pocos aquellos a quienes no se les acaba en medio de las prevenciones para pasarla, y otros tantos que se les escapa el aliento sin entender que caminaban. Lo cierto es que mi amigo siempre supo hacia dónde iba, cultivándose como persona o como empresario. Se trata, simplemente, de uno de esos seres excepcionales que ya sea en el su concepto de la amistad, o acerca de las cosas materiales, con él se podía estar o no de acuerdo, pero había que respetarlo. Con él sucedía lo mismo que con las riquezas reales, que si llegan a manos de personas poco diestras se disipan en un instante y, al contrario, entrando en poder de próvidos hombres, crecen con el uso, crecen en el tiempo. Ahí, en ese sentimiento radica precisamente mi dolor de hoy día, pues he perdido un amigo imposible de reemplazar, ha partido un hombre de dimensión excepcional.
En poco tiempo los amigos se me van con citas pendientes. Me quedé solo con la esperanza muerta de un opíparo banquete con mi amigo y les prometo a los demás que no volverá a suceder, porque aquél que ose partir teniendo una cita pendiente conmigo, lo mato, aunque esté muerto. Hoy soy menos que ayer, se me fue un amigo, se me fue un querer. Perdí yo, perdimos todos, se nos fue un ciudadano ejemplar, un amigo que esté donde esté sigue siéndolo. En medio de este vacío me valgo de Emile Ciorán para decir que esta soledad es insoportable, a solas conmigo, a solas con mis pensamientos ( ) No sé cómo distraerlos, cómo atontarlos para que no me atormenten. Tan simple y doloroso como eso, se me va el amigo y la trigueña se esfuma como nube cargada de agua sin dejar su fruto, dejándome sin un regazo donde purgar mis penas. Me duele, carajo, ¡perdimos todos!. Se ha ido un gran hombre, aunque algunos que se rascan como cerdos, que restregan sus lomos contra el árbol no lo puedan comprender.
En esta situación me veo en Salvador Novo cuando escribió: ¡Mi vida es como un lago taciturno!. Yo he sabido formar, gota a gota, mi fondo azul de ver el Universo. Cada nuevo rumor me dio su nota, cada matiz diverso me dio su ritmo y me enseñó su verso. Por igual cada pérdida sentimental, cada abstracción de no ver ni oír jamás la voz y figura de un amigo me va convirtiendo en un páramo que cual oasis en desierto va perdiendo el líquido vital para continuar nadando a contracorriente en este mundo de dolores, sufrimientos y nostalgias. Y en medio de este dolor, Octavio Paz me acompaña a decir: Hoy recuerdo a los muertos de mi casa./ Rostros perdidos en mi frente, rostros sin ojos, ojos fijos, vaciados, ¿busco en ellos acaso mi secreto, el dios de sangre que mi sangre mueve, el dios de hielo, el dios que me devora?. Su silencio es espejo de mi vida, en mi vida su muerte se prolonga: soy el error final de sus errores. Y todo esto muy a pesar de a fuerza de golpes y dolores estar consciente de que todos hemos ido llegando a nuestras tumbas a buena hora, a la hora debida.
Definitivamente no puedo proseguir soñando, pensando en la quimera de que esta existencia puede asemejarse someramente a algo perfecto y llegar a la conclusión de que sólo me resta recoger los desechos de esos sentimientos y recuerdos que se han ido con mis amigos, en espera de hacer menos dolorosa la llegada de la que ha de venir indiferente a ponerle fin a nuestra penitencia, mientras lavo mis ojos con lágrimas de sangre que brotan incontenibles por el deceso de este gran hombre, por la desaparición de este extraordinario amigo que perdimos todos.
Esta tarde, sin aliento, vacío, infinito pesar, recuerdo este pensamiento: nada soy yo, cuerpo que flota, luz, oleaje; todo es el viento y el viento es aire siempre de viaje. Oh tristeza con sabor a soledad, hasta cuándo me rondarás, aléjate ya y déjame aunque sea vivir de los recuerdos de aquellos seres queridos que se han ido para nunca más volver y que eternamente me han de acompañar hasta que Dios quiera y hasta que el amor y la amistad sean mis cómplices secretos para sobrevivir en esta jungla, carente de amigos, principios y el bien querer. ¡Carajo!, se fue un gran hombre, un gran amigo, un gran General; se me fue el General Carlos Castillo Pimentel. ¡Dolor y pena!. Sólo eso me dejaste, entrañable amigo, dolor y pena, dolor y pena. ¡Sí señor!.-
E-mail; rafaelpiloto1@hotmail.com

