Aunque no incursiono en el activismo partidarista, nada me impide opinar sobre la política, puesto que tengo mis simpatías como ciudadano libre e independiente que soy.
La política es ciencia de la fraternidad y la unidad, y el sector del Partido Revolucionario Dominicano y su candidato, el gurabeño ingeniero Hipólito Mejía, debe comprender y analizar, a la luz de las realidades, que sin Miguel no hay nada, porque representa el 47% de la membresía perredeísta, y algo más, junto a sus aliados y al voto cautivo que tiene, aparte de muchos ciudadanos que no concurrieron a depositar sus votos el pasado 6 de marzo.
Ahora o nunca es que el PRD y todos sus dirigentes deben empezar a trabajar con tenacidad, ardor, entusiasmo, fe y esperanza, pero con unidad, sin un triunfalismo anticipado que pueda hacer daño, porque no existen adversarios pequeños en ninguna de las actividades del ser humano. Sin antagonismo o sectarismo, despojándose del odio y de los rencores estériles que profesan, sin menospreciar a nadie, porque sin Miguel no hay nada.
Y sin Miguel no hay nada, sin tener que usar éste la genuflexión, porque supo realizar una campaña basada en sus principios, convicciones y credo, revestido de inteligencia, prudencia, fidelidad a sus ideales, planes, acciones y actitudes que proyectan su imagen y el fervor inusitado de convertir la nación dominicana en un nuevo modelo, transformaciones a sus estructuras, un pluralismo político social entendible, produciendo los verdaderos cambios de que está ávida la inmensa mayoría de los dominicanos, especialmente los pobres, irredentos y marginados, dada su probada capacidad y dominio de la intuición aristotélica y el nacionalismo integral de José Francisco Peña Gómez.
Sin Miguel no hay nada, y bien él puede expresar con humildad, las frases de Ulises Francisco Espaillat en su histórica carta al Congreso Nacional: mientras mis adversarios me creían bajo el sepulcro, yo me levanto y os digo, aún estoy de pie sobre la cumbre.
Eduardo Punset escribía que los hombres movidos por ideales han de interesarse por la política, y Miguel debe continuar en ella, no obstante las adversidades propias de ciudadanos y pueblos, porque también la política es el arte de saber esperar.
Pienso que el ingeniero Vargas Maldonado tenía cifradas sus esperanzas en un dirigente político deseoso de enaltecer su nombre y prestigio, al estar decidido a duplicar esfuerzos en levantar la moral de su partido, tal lo hizo con dedicación y gallardía, implementando con eficacia los planes en su gran seguimiento a base de responsabilidad y propósitos crecientes de levantar también la calidad humana de la militancia blanca y del país.
Unidad, unidad con sinceridad, sin retaliaciones, unidad de la cual están ansiosos casi todos los dominicanos, pues la unidad es paz.

