Ocho mil tambores de la nación Otomí sonaron al unísono en siete naciones, un 26 de marzo cualquiera por la curación de la Madre Tierra.
La antígua Gea helénica siente, evidentemente, sacudimientos y contorsiones de dolor.
Una muestra tristísima de sus malestares y de su ira es el maremoto de diciembre en el Océano Indico.Esta sinfonía unánime, mundial, deberá despertar nueva conciencia.
Nadie olvidará en décadas esa agitación repentina que pareció diseminar los cielos y no sólo las aguas oceánicas.
El paraíso terrestre fue bañado de lágrimas y de horror. El ceremonial sagrado se realizará a través del Consejo de Ancianos y Guardianes de la Tradición Otomí.
La Danguu Mfadi Manki ñuu o Gran Casa del Saber Otomí y la Universidad Indígena Internacional convocan a unirse a esta que se considera una ceremonia magna indígena.
El mundo cambió en segundos para millones de almas que todavía no comprenden lo sucedido.
Los ocho mil tambores sagrados y del sonido cósmico por la curación terrestre, por la vida y por la paz se elevarán al cielo en la isla de Sumatra, Indonesia.
Esta es una de las tierras más castigadas por la furia natural, que, llegado el momento, no se anda con discriminaciones de edad, sexo, condición social o creencia religiosa.
La confusión y la perplejidad no bastan para devolver a su lugar lo que se perdió en esas horas terribles de diciembre, incluido lo más valioso, la vida humana.
Hubo otras ceremonias al mismo tiempo en Sri Lanka, India, Bangladesh, Birmania, Tailandia, Maldivas y Malasia.
El maremoto o Tsunami, una abrumadora manifestación oceánica.

