Opinión

Un monarca en el Caribe

Un monarca en el Caribe

El cuadro puede servir de marco a una obra de arte de la Monarquía del Caribe del Siglo XXl. El Monarca, Rey,  Faraón o Dictador, sentado en el centro. A su derecha la Reyna, a la izquierda, el joven sucesor.   

Tal vez sea una pena que no estén de moda las estatuas. Pero igual están las vallas. Igual están las fotos enmarcadas en los ministerios y en los cuarteles. Su prensa lo resalta todos los días hasta en los deportes. (En su impresionante Fundación Global tiene una cancha de baloncesto en tabloncillo, con aire acondicionado, al estilo NBA, de Estados Unidos. No puede ser de otro modo. Lo suyo es siempre lo mejor, lo más caro, lo más hermoso, lo más espectacular). El es el mejor en todo. Pronto será miembro destacado de la Academia de la Lengua, de la Historia y de todas las demás academias. Rector Magnifico de todas las universidades del país. Cuando muera, si es que muere, lo embalsamarán como a Lenin y lo exhibirán durante mil años en el Palacio Nacional. Su cerebro será objeto de estudios profundos por tratarse de un caso único en la historia.

Mantener su imagen viva y bondadosa en las mentes y en los corazones de todos los ciudadanos  requiere de una inversión de miles de millones de pesos, porque las emisoras, los canales de TV, los periódicos, los periodistas, publicistas y asesores,  tanto extranjeros como  locales, no lo hacen por amor al arte. Mucho menos por amor al Monarca.

Los bufones de la corte imperial aseguran que reunieron más de dos millones de firmas. Me lo encuentro poco para alguien que ha hecho tanto, que se ha sacrificado tanto,  que ha convertido este país en una potencia, con un crecimiento económico superior a la mayoría de las naciones del mundo. Debieron firmar 20 millones de dominicanos aunque nada más seamos diez millones.

El Monarca debe ordenar que el acto del domingo se repita, pero con más bufones y más payasos para que podamos reírnos más y mejor.

La República Dominicana no se concibe sin este Monarca luminoso que nos ha conducido por los caminos de la paz y el progreso. En tal sentido, ya es tiempo de cambiarle el nombre otra vez al país. ¡Que le pongan el nombre del Monarca!  ¡E’ pa’lante que vamos!

El Nacional

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