Medio siglo después de la caída de Trujillo vivimos una etapa que nos deja sin motivos para celebrar la libertad y democracia legadas por quienes dieron sus vidas antes y después del tiranicidio del 30 de mayo. Manolo no luchó por esto.
El presidente Leonel Fernández y el PLD nos aguaron la fiesta.
Este 50 Aniversario nos sorprende en medio de un régimen infame e infeliz que reparte prebendas y botellas en vez de educar y prevenir a la población de epidemias como la tuberculosis y el cólera. En los últimos cinco años, hemos descendido en materia de desarrollo humano. Invertimos en salud apenas 1.9% del gasto público, mientras invertimos en educación menos de la mitad de lo establecido por ley.
Los gastos de consumo final en cada hogar reflejan pobreza y elevado índice de desempleo, debido al despilfarro y la corrupción que arropan la administración pública.
El Gobierno se prepara para sumar 30,000 millones de pesos a la ya insostenible deuda pública, comprometiendo las finanzas del Estado en más de un 50%. Igual, anuncia un incremento de un 8% en la tarifa eléctrica, en medio de apagones.
El presidente Fernández y el PLD han sacado de su agenda todo lo que favorezca a las mayorías. Han limitado su gestión a engrosar sus capitales, incrementando el gasto corriente, construyendo costosos e inoportunos sistemas de trenes, túneles y elevados. Mandaron el 4% a la porra.
Las acciones clientelistas disfrazadas de programas sociales privan a las personas de participar en el proceso de generación de ingresos. Esta realidad no rinde tributo a los héroes el 14 de junio y del 30 de mayo. Mucho menos a quienes se inmolaron años después: el coronel Fernández Domínguez, Caamaño, Amín Abel, Maximiliano Gómez, quienes dieron sus vidas, no por esto, sino por una sociedad más justa.
Se les honra emulando su ejemplo. Los actos propagandísticos y cosméticos, propios de los peledeistas, corresponden, más bien, a huecas formas apartadas de los ideales democráticos y los valores humanos por los que lucharon estos dominicanos.
