Opinión

Una cosa y la otra

Una cosa  y la otra

La sentencia del Tribunal Constitucional, que convierte en apátridas a decenas de miles de dominicanos de ascendencia haitiana, es una cosa. Por demás inhumana y nefasta. Y el Plan Nacional de Extranjería, que por tardío no deja de ser saludable, es otra. Se está, pues, ante dos realidades diferentes, cuya relación no es vinculante. Los haitianos que visitan o residen en República Dominicana tienen que ser regulados, como cualquier otro extranjero. Lo censurable es que por negligencia, interés o alguna otra razón el país no contara con una legislación y un reglamento sobre los extranjeros. La Ley de Migración tiene más de siete años que se aprobó, pero en la práctica era como si no existiera. Todo el ruido ha surgido después que la Junta Central Electoral (JCE) despojó de sus documentos de identidad de manera arbitraria a más de 20 mil dominicanos de ascendencia haitiana.

Desde ese momento un asunto relacionado con el registro civil fue convertido en un problema migratorio, en lo que todavía se insiste, pero en esta ocasión con el propósito de manipular los sentimientos de la población. Molesta mucho la inmigración desbordada y sin control de nacionales haitianos. Sin embargo, lo que ha levantado esa polvareda, que ha provocado la división de la nación entre patriotas y traidores, ha sido dejar sin nacionalidad a personas que llevan décadas viviendo en el país; que han ido a escuelas y universidades, que su lengua es el español, bajo el supuesto de que son hijos de extranjeros ilegales. Como si se trataran de las más oprobiosa carga o afrenta para la nación, a esas personas es que se les pide que renuncien a su nacionalidad y se acojan al Plan de Extranjería. Y se ha invocado, con un cinismo cruel, el pensamiento de Juan Pablo Duarte, para justificar lo que se advierte a todas luces como una suerte de limpieza étnica. Migración y nacionalidad son dos cosas diferentes.

Luis Pérez Casanova
l.casanova@elnacional.com.do

El Nacional

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