Historia y orígenes de “La Tuna”
La Tuna se podría considerar como una de las instituciones lúdicas universitarias más antiguas de la historia. Sus inicios se vinculan al de las Universidades españolas de Palencia (1208) y Salamanca (1220).
Casi todos en España, hoy en día, saben de qué se trata. Una definición simplificada la describiría como un grupo de jóvenes estudiantes que, vistiendo trajes de corte antiguo y pintoresco, se dedican a cantar y a tocar instrumentos musicales con el fin de divertirse y recaudar algo de dinero, llevando un estilo de vida chistoso y apicarado.
Los originarios “tunos” eran estudiantes universitarios que provenían de las clases más humildes y eran conocidos como “sopistas”, ya que hacían rondallas y serenatas para amenizar a los presentes a cambio de un plato de sopa.
Según se fue renovando la universidad lo fueron haciendo los “sopistas”, integrándose con el tiempo personas de cualquier condición económica.
El término “Tuna” viene de la palabra tunante, que era la forma de llamar a aquellos que llevaban una vida trasnochadora y alegre. De hecho, el Diccionario de la RAE nos trae la descripción de dicho vocablo como “pícaro, bribón y taimado” y nos hace referencia a la palabra tunar, que la describe como “andar vagando en vida libre”.
Todas las universidades tienen su propia Tuna y en ellas se puede encontrar una serie de personajes de lo más pintorescos, graciosos y por supuesto vistosos. Muchos de ellos son repetidores de cursos y otros muchos protagonistas que ya hace años dejaron de acudir a la facultad pero que han convertido su pertenencia a la Tuna como un modo de vida y soporte.
Podemos encontrarlos en cualquier tipo de celebración, cantando por las calles y terrazas de lugares turísticos, en bodas, despedidas de solteras y en mil y un festejos.
Estos peculiares personajes, con el paso del tiempo, se han ganado la simpatía de la mayoría de las personas y sus canciones pegadizas hacen, de cualquier evento en el que se encuentren, una celebración divertida.
A la edad de dieciséis años, antes de casarme, tuve el placer de ser madrina de la de los Antiguos Alumnos del Colegio San José de Calasanz. Con el permiso de mi madre, por supuesto, una amiga mía de la época y yo, hicimos con ellos una excursión a la ciudad de Toledo y lo pasamos francamente bien. Aquella fue una de las pocas experiencias divertidas que viví en mi breve soltería.

