A mitad de julio, la prensa informó el fin de la era del telegrama en la India, tras 162 años de servicio, que incluyeron una época en que éste fue el medio de comunicación más importante de ese país. Antes de la llegada de los teléfonos móviles y de internet, los telegramas fueron la principal forma de comunicación rápida.
Las agencias noticiosas apuntaron que en 1947, fecha de la independencia de India, se enviaron 20 millones de telegramas. En 2012, el número cayó a 40 mil, procedentes, en su mayoría, de la administración pública que enviaba mensajes a las regiones remotas de un país de 1.200 millones de personas.
El poeta Pedro Salinas, en la primera mitad del siglo XX, dejó constancia de su indignación por la afrentosa promoción del telégrafo en España, que aconsejaba no escribir cartas, sino telegramas. En las oficinas de telégrafos, con brutal laconismo y bárbara energía, un aborrecible letrero recomendaba: No escribáis cartas, poned telegramas.
En esta semana, un diario dominicano publicó una entrevista con una señora no sé de dónde- que afirma: Las cartas están en desuso y las físicas, de persona a persona, a la baja, luego del ingreso de la tecnología a los servicios postales. Se trata de Serrana Bassini Casco, secretaria general de la Unión Postal de las Américas, España y Portugal.
Instó a los dominicanos a usar más el correo, no para enviar cartas, sino dinero, para hacer compras por internet, enviar paquetes a otros países y otros servicios, para lo cual el correo está preparado. La reforma en telecomunicaciones es un hecho inocultable. La velocidad y el laconismo ganan la partida al sentimiento, al gusto por escribir.
Salinas (1891-1951) se preguntaba: ¿Ustedes son capaces de imaginarse un mundo sin cartas? ¿Sin buenas almas que escriban cartas, sin otras almas que las lean y las disfruten, sin esas otras almas terceras que las lleven de aquéllas a éstas, es decir, un mundo sin remitentes, sin destinatarios y sin carteros?
Aquella vez Salinas proclamaba: ¡Viva la carta, muera el telegrama! Ahora, después de larga existencia, muere el telegrama. Pero la carta no puede morir, aunque el correo no la lleve. La carta es una necesidad individual, pues no sólo sirve para decir cosas, sino para que la persona se exprese como tal.
La carta es el más íntimo modo de expresión escrita de los seres humanos y ha servido de testigo para describir situaciones personales, líneas de pensamiento o la atmósfera de una época. A mano o por internet, la carta habrá de resistir heroicamente los embates de la sequedad verbal y la expresión despreocupada. ¡Viva la carta!
