Algunos escritores, novelistas y cuentistas, persisten en el empeño de construir obras narrativas al margen de la realidad, esa misma realidad que viene a menudo repleta de hechos y situaciones mucho más novedosos y extraños que aquellos que pueda crear la imaginación.
Prescindir de la anécdota en la composición de la obra narrativa ha formado parte de una corriente, que a mi modo de ver, puede complacer a críticos y especialistas literarios, pero nunca a los lectores de cuentos y novelas.
Los historiadores, cuando pretenden para la historia la frialdad de las ciencias exactas, desdeñan la intrahistoria. Quizás porque no se sustenta en pruebas documentales y se le trata despectivamente como anécdota. La intrahistoria se alimenta a veces de menudencias, de hechos pequeños que no siempre trascienden.
De modo que la desventura de la anécdota no es exclusiva de los cientistas sociales, pues como dije antes, hay corrientes en la literatura de ficción que pretenden prescindir de ella para referir hechos imaginarios y narraciones literarias que no cuenten, sino sugieran.
Las anécdotas suelen ser vitales para definir el carácter de los hombres públicos, protagonistas de los hechos que constituyen la historia. En algunos hombres, la intrahistoria, o esos detalles menores de la historia, se tornaron en cuestiones fundamentales.
Desde luego, que la literatura no deja de ser creación porque el autor se haya fundamentado en hechos y personales reales para diseñar sus personajes y atribuirle los hechos que constituirán la trama de una novela, de un cuento, un drama teatral o el guión de una película.
La novela, por ejemplo, es el género que más se nutre de la historia, sin que sus propósitos y su forma de elocución puedan confundirse con esa ciencia. La función de una y de otra están claramente definidas y diferenciadas, no obstante las coincidencias.
Nunca un historiador revela tan detenidamente las interioridades de una persona, como lo hace el novelista con sus personajes, que al fin y al cabo son personas proyectadas con otras perspectivas. El buen escritor ha de tener mucho de sicólogo para penetrar en el personaje y escrutar lo más íntimo, peculiar y útil de éste para realizar su trabajo de creación.
Don Quijote, Sancho, Romeo, Julieta, Madame Bovary, Mefistófeles, Bernarda Alba, Dorian Gray, Yelidá y Charlotte Amalie son elocuentes ejemplos de los elementos que realizan la acción en la historia de que se trate. Son personajes. Ellos se diferencian de otros por su carácter, que se determina por el conjunto de cualidades propias e intransferibles de cada uno de ellos y que los autores han conformado a fuerza de hurgar en el alma de seres humanos reales.

